24 noviembre 2005

Real Madrid 3 - Barcelona 0

Ronaldo y Ronaldinhno se abrazan en el transcurso del partido disputado entre el Real Madrid y el Barcelona el pasado sábado.

1-0. Minuto 16 de partido. Samuel Eto'o, ex-jugador del Real Madrid al que Florentino Pérez vendió al Barcelona hace cerca de un año tras varias temporadas unido a la disciplina madridista, marca el primer gol de un centelleante equipo culé, cuando apenas han transcurrido 15 minutos desde el inicio del partido entre los dos colosos del fútbol español. El delantero camerunés, exultante, se dirige a la banda y celebra su gol justo al borde de la línea de banda, a escasos ocho metros de las primeras filas del graderío del Santiago Bernabéu.

Lo que en el terreno de juego catalán hubiera sido considerado como una afrenta capaz de desatar la más extrema visceralidad de numerosos simpatizantes azulgranas -que un ex jugador del Barcelona marcara un gol en el Camp Nou vistiendo la camiseta del Real Madrid- en el campo del equipo más glorioso de la Historia, se acepta con la rabia y la pesadumbre contenida de un momento tan adverso, pero con la entereza, la caballerosidad y la deportividad que se le exige y se le presume a una afición digna de llamarse así.

Hubo gente que se sorprendió por el hecho de que los seguidores del Real Madrid no reaccionaran con virulencia ante el tanto marcado por el jugador africano, especialmente tras los alaridos selváticos que bajo la forma de titubeantes y ridículos pareados, aquél profirió, ebrio de despique, durante las celebraciones que subsiguieron a la consecución del pasado título de Liga por parte del equipo barcelonista. Esa sorpresa por la intachable actitud de la afición merengue sólo puede deberse a las ansias por encontrar en el eterno rival, un reflejo idéntico a los gravísimos defectos que salpican la propia trayectoria vital, siempre envuelta en modales, maneras y formas chulescas recubiertas por el provechoso barniz del victimismo político. Allá cada cual.

2-0. Minuto 70. Ronaldinho inicia su enésima cabalgada por la banda con el balón unido a su bota por un invisible cordón umbilical. Ningún defensor blanco es capaz de poner coto a la genialidad del brasileño y en un abrir y cerrar de ojos, el marcador señala un desesperante 0-3 para todos los que sentimos con cariño los colores de un equipo legendario.

Tras la soberbia jugada protagonizada por el punta sudamericano, el público del Bernabéu no sólo no se deja llevar por el forofismo más rancio y palurdo y se emplea con denuedo en la tarea de arrojar teléfonos móviles, monedas, mecheros o cabezas de cochinillo a los jugadores rivales, sino que en un alarde de hidalguía del que sólo existen precedentes en España en este mismo estadio y con el mismo contrincante como protagonista, se levanta de sus asientos y aplaude sinceramente admirado, el último tanto conseguido por un jugador que realmente sí que parece llegado de otra galaxia.

3-0. Primeras horas de la madrugada del domingo 20 de Noviembre de 2005. El Barcelona acaba de aterrizar en el aeropuerto del Prat. Los jugadores, emocionados por el gran partido que acaban de protagonizar en el campo del eterno rival, abandonan eufóricos el avión y se dirigen a la terminal para tomar rumbo a sus respectivos domicilios. En las salas y pasillos del aeropuerto barcelonés, docenas, tal vez cientos de aficionados culés esperan a sus ídolos para homenajearles y expresarles su agradecimiento por el espectáculo ofrecido. Estampa habitual en estos casos, hasta que un numeroso grupo de energúmenos y analfabetos, decide que no estará de más brindar a sus jugadores una maravillosa coral en la que mezclarán el odio, la aversión y el victimismo con el que se les ha emponzoñado durante sus largos años de obligatorio adoctrinamiento nacionalista, con los delicados versos recitados por el trovador camerunés meses antes.

El retrato completo del partido -su antes, su durante y su depués- no puede ser más revelador del temple de unos y otros. Mientras que el madridismo es capaz de mantener intacta la compostura, la decencia, la gallardía y el comedimiento incluso bajo circunstancias extremas de desazón y disgusto, llegando a reconocer abiertamente la superioridad del adversario, la otra afición, la victoriosa, no duda ni por un momento en rebozarse autocomplaciente en sus miserias y mezquindades, en su atávica inquina y en su particularismo aldeano. Lo curioso del caso-en realidad no lo es tanto, si uno se para a pensar y a analizar las actitudes históricas de unos y otros- es que llegados a una situación de inversión de los papeles, aquélla donde el Real Madrid hubiera salido triunfante y el Barcelona humillado, el comportamiento de unos y otros habría sido exactamente el mismo.

Episodios y situaciones como las que pudimos contemplar durante el pasado fin de semana, son las que realmente diferencian a uno y otro club en el sentido sociológico e histórico. En el deporte como en la vida, hay que pasearse con la educación y la cortesía como banderas. Ser generoso, magnánimo y cordial en la victoria y humilde y digno en la derrota. Esa es la clave.

Lucio Decumio.

20 noviembre 2005

Vuelta al pasado

José Montilla, Ministro de Industria y Energía y Secretario General del PSC, partido que ha sido el principal beneficiario de las cancelaciones crediticias de una caja de ahorros a la que posteriormente, él, Zapatero y el Tripartito han prestado todo su apoyo en sus manejos monopolísticos dentro del terreno energético. Qué majos.

Quienes más prevenidos estamos contra el carácter taimado y embustero del socialismo, del comunismo y del nacionalismo patrios, tenemos cierta tendencia a pensar que cualquier acto o decisión tomada por gobernantes o dirigentes de estos signos, está empañada por alguna trampa que oculta la verdadera intención de su ejecutor.

Esto que digo podría interpretarse por algunos como una paranoica caza de brujas, en la que por mucho que se nos muestren las bondades del adversario, es tal nuestra desconfianza hacia él, que siempre nos empeñaremos en rebuscar en sus defectos y nos negaremos en redondo a ver sus virtudes. Sin embargo, considero que tal dictamen es de obligatoria desestimación a la vista de las innumerables pruebas de juego sucio y subterráneo que no han parado de ofrecernos socialistas, comunistas, esquerristas o nacionalistas en los últimos tiempos. Actos que a mi juicio, han de colocar bajo permanentemente sospecha, las decisiones y las intenciones de los representantes políticos de las ideologías citadas.

Estimo pues que el permanente recelo ante estas gentes, es un sano ejercicio de salud democrática y de profundo sentido crítico, más aún en los tiempos que corren, dado su abrumador dominio cuantitativo y sociológico en los medios de comunicación de masas. Imperio que no sólo les hace prácticamente invulnerables contra toda crítica, sino que les convierte en durísimos adversarios que no parpadean a la hora de intentar aplastar a quienes se les oponen.

Desgraciadamente, esa saludable actividad que consiste en desconfiar acerca de todo aquello que dicen o hacen, toca a su fin. Las conjeturas sobre los propósitos de nuestros actuales gobernantes y de sus opacos socios cuando dan un paso en una determinada dirección, han dejado de ser tales. Como decía, es de tal magnitud su control sobre los medios financieros o informativos, que en un insolente avance cualitativo del que no existen precedentes, han determinado que no resulta necesario tomarse la molestia de guardar las apariencias. Han decidido que es accesorio ocultarse o disfrazarse a la hora de atropellar los derechos de los ciudadanos y han dispuesto que ya no es preciso tratar de despistar a la opinión pública cuando de alcanzar sus más espurios fines se trata.

Ahora si quieren o pretenden algo, van a por ello a cara descubierta, sin tapujos y sin bagatelas pues la maquinaria de intoxicación que les secunda, ya no sólo se encarga de maquillar la realidad, sino que llega incluso a negarla a golpe de descalificaciones, de insultos o de amenazas contra quienes denuncian sus desafueros. Se sienten perfectamente protegidos por sus particulares matones y escudados en la atalaya de su invulnerabilidad, ya no demuestran ningún reparo ni pudor a la hora de pavonearse como los más fuertes y los más pendencieros del lugar.

Digo yo, ¿qué más datos se necesitan para demostrar la culpabilidad dolosa de Carod, Montilla y Zapatero en el nauseabundo asunto de la condonación general de deudas al PSC y ERC por parte de La Caixa? ¿Es preciso alguna prueba más que constate que la generosidad de Fornesa sólo es la contrapartida que obtiene la entidad financiera bajo su mando, por el apoyo prestado desde el Gobierno y el Tripartito a la OPA lanzada por Gas Natural -cuyo principal accionista es precisamente La Caixa- para hacerse con el control de Endesa? ¿Cuántos indicios más hay que poner sobre la mesa para que quede nítidamente reflejado que Zapatero canjeó con Durao Barroso quién sabe qué cromos, a cambio de la inhibición de Bruselas en el escandaloso asunto de la OPA de Gas Natural?

El mayordomo era el principal heredero de las propiedades y de la fortuna de la venerable anciana que acababa de morir asesinada; las huellas del mayordomo recorrían de arriba a abajo el mango del arma del crimen, mientras que el filo de aquel cuchillo aún lanzaba húmedos destellos bermellones; el chaleco, el pantalón, la camisa y los zapatos del mayordomo habían sido alcanzados por infinidad de pequeñas gotas de sangre de la infortunada víctima; docenas de oscuros cabellos rizados, como los del mayordomo, reposaban sobre el cadáver aún caliente de la propietaria de la mansión; bajo las uñas del cuerpo sin vida que yacía en mitad del salón, había restos de piel que correspondían precisamente a la del mayordomo; y el mayordomo lucía unos espectaculares arañazos en su rostro que aún rezumaban sangre cuando el inspector llegó a aquella mansión de la campiña británica.

El mayordomo era sin duda, el asesino. Pero para asombro del resto del servicio, el mayordomo no sólo no iba a pagar por su delito sino que saldría beneficiado del mismo, tal y como había estipulado en criminal compadraje, con el inspector recién llegado.

Así es España en la actualidad. Como lo era antes de 1996. Un país en el que los corruptos y los corruptores se pasean a sus anchas, burlan las leyes y se mofan de los ciudadanos sin el menor empacho. Y como he dicho tantas y tantas veces, pese a que desde Marzo de 2004 hemos asistido a acontecimientos realmente asombrosos en virtud de su naturaleza desventurada, ridícula o resueltamente antidemocrática, sólo hemos visto la punta del iceberg. Lo peor está seguramente aún por venir.

Lo que a las personas leales, honradas y trabajadoras les cuesta décadas -siglos si se me apura-, poner en pie, a los miserables, a los necios y a los avaros sólo les ocupa unos cuantos meses la tarea de desmoronarlo.

Lucio Decumio.

10 noviembre 2005

Oportuna inestabilidad coronaria

Juan Carlos Rodríguez Ibarra, Presidente de la Junta de Extremadura y uno de los más encarnizados críticos con el texto del Estatuto alumbrado por Maragall, Carod y Zapatero. ¿De verdad que a nadie le resultó extraño que sufriera un infarto el mismo día del debate autonómico en el Senado?

Directo al grano y sin rodeos. Mi intención era la de asomarme por hoy por aquí y dejar constancia de algo que creo que no ha despertado las sospechas de ningún comentarista, analista o periodista, pero sí las mías, pues en esta España de pandereta, rechifla, impostura y premeditada ocultación de la verdad, coincidirán mis lectores en que cualquier cosa es posible. Y más.

Hoy es mi deseo centrar mi intervención en un acontecimiento relacionado con el pretenciosamente denominado "Debate sobre el Estado de las Autonomías", celebrado hace escasas jornadas en esa cámara de ignotas atribuciones que para muchos, es el Senado. Sé que voy a rizar mucho el rizo -habría querido decir "tirabuzonear" el tirabuzón, pero me he cortado- al manifestar lo siguiente y que seguramente, esté viendo fantasmas donde no los hay, pero ¿y si los hubiera?

El mencionado debate senatorial tenía todas las papeletas para convertirse en una excelente piedra de toque político para el recién admitido a trámite Estatuto de Cataluña y cómo no, para su principal mentor, el sin par Rodríguez Zapatero. Y en éstas, con la que está cayendo no sólo fuera de la jaula de grillos socialista sino incluso dentro, donde se multiplican las voces que ponen en duda, cuando no directamente fuera del juego constitucional al citado Estatuto, va y mira tú por dónde, el más incisivo y acerado estilete que desde la cuerda socialista se manifiesta en contra de ese engendro anti-español y filo-totalitario, el más encendido defensor de la esencia patria desde las butacas jerárquicas del PSOE, ergo Juan Carlos Rodríguez Ibarra, sufre un repentino y oportunísimo infarto de miocardio que se lo lleva al Hospital de San Carlos y le impide intervenir en la tribuna de oradores senatorial durante los tres días de debate.

Fíjate qué casualidad. El único entre todos los barones socialistas que iban a acudir al debate en la Cámara Alta que podía ponerle las peras al cuarto a un par de metros de distancia a Zapatero y a Maragall, con millones de espectadores disfrutando de tan gozoso espectáculo, va y se pone malito a última hora.

Dirán algunos, hombre, quedaba Manuel Chaves para aguarle y afearle la fiesta al papá y al Papá del Estatuto catalán y sacarles a ambos un poquito -aunque sólo fuera un poquito-, los colores desde su propia orilla. Pero de alguien que hace gala de una alfabetización y una dicción tan deplorables, sólo se pueden esperar pintorescos episodios como la acuñación de gentilicios interplanetarios con los que referirse a su homólogo en la Presidencia de la Comunidad Murciana, para convocarle al debate como el "Presidente de la Comunidad Marciana". Eso se llama esencia intelectual y fortaleza argumental bajo cero.

Concluida la digresión en torno a Manuel Chaves, diré que no es mi intención dar forma a una suerte de truculento complot interno que desde las filas socialistas, haya intentado acabar con la vida de Rodríguez Ibarra para evitar su presencia en el Senado. Si se quiere, el debate tenía su importancia -relativa y circunstancial eso sí-, pero no tanto como para tratar de acabar con la vida del tornado extremeño. No, no era para tanto y además, hasta ahí no han llegado todavía los socialistas o eso creo, aunque los nubarrones que se avecinan deberían invitarnos a considerar la posibilidad de aprender a dormir con una oreja levantada, como los perros. Nunca se sabe.

No, en realidad, lo que estoy sugiriendo es que posiblemente todo esto haya sido una cortina de humo más, la penúltima maniobra de distracción y manipulación preparada en los fogones más potentes del "aparachtik" socialista para ganar tiempo y engañar a la opinión pública por enésima vez.

Reconozcámoslo. El escenario que se le presentaba al Presidente del Gobierno en los momentos previos al debate en el Senado, distaba notablemente de ser halagüeño; a su cada vez más bajo nivel de popularidad, debido especialmente al "affaire" Estatut y a su falta de empaque argumental, se unía en el horizonte el amenazante perfil de algunos de los carros - M1 Aguirre, M50 Matas y Leopard Camps- mejor artillados del enemigo, esperándole con las ánimas niqueladas para batirle sin piedad en cuanto abandonara la cómoda trinchera de la bancada socialista. Con este panorama, debió pensar Rubalcaba, sólo le faltaba al pobre ZP tener que preocuparse de esquivar el fuego amigo proveniente de la retaguardia.

El fuerte carácter orgánico y sectario del PSOE, así como alguna pequeña manita polanquera, tuvo que hacer el resto. Con lustros de mayorías absolutas a sus espaldas en Extremadura y a buen seguro con más de un pufo colgando de sus plateadas barbas, es perfectamente posible que alguna velada insinuación sobre futuros escándalos aireados por la prensa, llegara hasta los oídos de Ibarra. Ello, con el fin de convencerle de que lo mejor para todos -y sobre todo para él- era poner en marcha un "Plan B" que impidiera su presencia en la Cámara Alta.

Es por ese estilo político oportunista y ventajista y que en mayor o menor medida, unos y otros practican en el PSOE, que no me caben esperanzas de que por muchas voces que se alcen contra los descabellados proyectos de ZP, alguien dé verdaderamente un puñetazo sobre la mesa y tome partido por la razón y el sentido común. Rodríguez-Ibarra es un caso paradigmático de lo que digo. Lleva meses ladrando -como Bono, Vázquez y otros- pero no se atreve a morder la mano que le da de comer.

En fin, esto sólo son conjeturas y evidentemente, no hay pruebas de que la película que acabo de contar, tenga siquiera visos de ser real. Pero insisto en lo afirmado previamente. Hipótesis a descartar en la España de ZP, Maragall, Llamazares, Carod o Ibarreche, pocas o ninguna a la vista de los precedentes.

Lucio Decumio.

07 noviembre 2005

¿Para cuándo un nuevo Infante de España?

La Infanta Leonor de Borbón a su salida de la Clínica Rúber Internacional de Madrid. Fuentes bien informadas afirman que la pequeña ya ha solicitado a sus padres que a no mucho tardar, encarguen un hermanito.

O está a por uvas o se ha dado un golpe en la cabeza, habrán pensado muchos de la figura de este humilde comentarista cuando hayan leído el título que preside su reflexión de hoy. O eso o está más desubicado que un labriego vietnamita en medio de la sala de pantallas de un centro de seguimiento de satélites.

Pero no, ni lo uno ni lo otro. En contra de los aventurados y alarmistas dictámenes médicos acerca de mi salud mental primero y frente a quienes me creen dramáticamente desinformado respecto a las crónicas de sociedad y a los nacimientos más insignes que las ocupan después, paso a desmentir categóricamente cualquier tipo de cortocircuito psíquico y por supuesto y con más vehemencia si cabe, descarto de plano que haya estado tan desconectado de la realidad informativa como para no haberme enterado aún del alumbramiento de la Infanta Leonor.

Y ojo, también me pongo la venda antes de que me hagan la herida. Que nadie piense que he sufrido un ataque de tardía misoginia o de rancio machismo decimonónico. Qué va. Reconozco que como monárquico, la reciente llegada al mundo del primer vástago de los Príncipes de Asturias me satisface profundamente, pues garantiza –una vez modificada la Constitución al efecto- la sucesión a la Corona y la pervivencia de una de las pocas instituciones verdaderamente aglutinadoras y esencialmente españolas que van quedando en nuestra Nación.
Y que no crean mis lectores que no me he planteado lo que con toda seguridad, ellos mismos se han cuestionado. A la luz de los actuales acontecimientos y de los que nos deparará el futuro inmediato ¿es seguro que algún día pueda reinar sobre lo que hoy conocemos como España, a la vuelta de 40 ó 50 años, la recién nacida Leonor?

Lo cierto es que pese a la tristeza que me embarga a la hora de reconocerlo, no puedo dejar de hacer constar que tras un pausado análisis de nuestra realidad política actual, se me presenta en extremo complicado que la hija de Don Felipe y Doña Letizia –doy por segura la modificación constitucional que asegure su subida al trono-, pueda reinar exactamente en los mismos territorios que a día de hoy, se reúnen bajo la corona de su abuelo.

Que nuestra Constitución y por extensión, nuestra estabilidad como Nación y nuestra prosperidad como pueblo están amenazadas gravemente por la insensatez suicida de un Presidente del Gobierno que pone su gaznate y el nuestro entre los colmillos nacionalistas periféricos, resulta ya más que evidente y hoy no incidiré de nuevo sobre ello. Tan grave es la coacción a la que estamos sometidos y tan grande el peligro que puede derivarse de ella que por fin, los más insignes representantes de la Monarquía Española, esto es, el Rey y el Príncipe de Asturias, han aprovechado –con bastante retraso, añadiré- algunos de los últimos actos de su agenda para brindar su inequívoco sostén a las virtudes de nuestra Constitución y de nuestro modelo de Estado.

Y aunque no lo manifiesten expresamente, con este apoyo sin fisuras a nuestra Carta Magna y a nuestro sistema de libertades, el Monarca y su Heredero reconocen implícitamente –o al menos así lo entiendo yo- su preocupación en torno a los riesgos que nos acechan a todos, Monarquía incluida, si el equilibrio constitucional y el consenso que sobre el que se apoya se alteran sustancialmente sin el consentimiento de una gran mayoría nacional y se terminan vendiendo alegremente en el mostrador del oportunismo sonriente y de la eventual supervivencia política.

Pero como conocemos perfectamente la errática e inconsciente necedad de Zapatero, así como el carácter rapiñador, levantisco y retorcido de las alimañas en que se apoya para continuar asido a La Moncloa, aun a costa de que España se borre del mapa en cuestión de meses, Don Juan Carlos y Don Felipe han de ser conscientes de que sus advertencias y sus admoniciones, como las de tantos notables personajes de la vida política, social y económica de España, caen irremediablemente en saco roto.

En épocas pretéritas y durante no pocos siglos, fue práctica común entre las monarquías del Viejo Continente establecer lazos de consanguinidad que garantizaran -o al menos tuvieran tal intención-, la estabilidad y la paz entre las naciones que unían a través del matrimonio, a los representantes más ilustres de sus casas reales. Así, princesas e infantas de España eran desposadas por reyes y herederos de Inglaterra, Francia, Flandes o Portugal y en sentido contrario, también las hijas y los hijos, los nietos y las nietas de los monarcas de aquellos países, eran la tinta con la que se matasellaba la lealtad y la cooperación entre España y los estados de su entorno.

¿Adónde quiero llegar? ¿Sugiero que el Príncipe se divorcie de Letizia y que se case con una hija de Carod, Maragall o Ibarreche, caso de que estos últimos hubieran abandonado por unos momentos los delirios esencialistas que nublan su jíbara masa gris, con el fin de dar paso y tiempo al solaz de la consumación matrimonial? No, ni hablar, no me malinterpretéis.

Aunque lo que voy a decir pueda sonarle a alguien a chifla o disparate, considero que no lo es tanto. Además, seguro que no soy al primero que se le pasa por la cabeza la idea que a continuación delineo.

Desde mi punto de vista, tras el nacimiento de Leonor de Borbón, a la Monarquía española se le presenta una oportunidad inmejorable, histórica me atrevería a afirmar, de modificar o al menos intentarlo, el errante curso que han tomado los acontecimientos políticos de nuestra Nación por obra y gracia de una clase dirigente intelectualmente paupérrima y deficiente. Y sobre todo, el Príncipe está ante una ocasión única de velar por la propia continuidad de la dinastía borbónica al frente de España, así como de la supervivencia misma de ésta última.

Es el momento de que los Príncipes de Asturias aprovechen el compromiso adquirido por Rodríguez Zapatero de modificar la Constitución para promover la igualdad de hombre y mujer en la sucesión al Trono y hacerle caer en su propio enredo.

Todos sabemos cuál es el proceso que se debe seguir para tramitar una reforma de la Carta Magna. Si hay alguien que no lo conozca en profundidad, le remito al siguiente enlace para que se empape del artículo 168, notificándole previamente que el Título II que se menciona en dicho artículo, es el que está relacionado con las atribuciones, labores y deberes del Monarca, así como con las líneas de sucesión dinástica.

Me habéis entendido perfectamente. Un nuevo embarazo de la Princesa Letizia ocasionaría un auténtico terremoto político e invertiría obligatoriamente, en un giro de 180º, la agenda política y las prioridades del Gobierno, encaminándolas hacia una reforma constitucional de máxima urgencia.

Película de los hechos. Si la Princesa de Asturias queda encinta en un plazo de dos o tres meses y el nonato resulta varón, una de dos; o Zapatero cumple su promesa de reformar la Constitución para garantizar la igualdad de hombre y mujer en el acceso al Trono, desencadenándose así el proceso de aprobación de la reforma por 2/3 del Congreso, la disolución de las Cortes, la convocatoria de Elecciones Generales y la composición de un nuevo Parlamento que ratificara los cambios introducidos en el texto constitucional sometiéndolos a referéndum o el Presidente del Gobierno quedaría indeleblemente retratado, incluso ante sus más acérrimos, como el gobernante más mezquino, oportunista y sin escrúpulos que hubiera visto España.

¿Que mi proposición podría verse, desde la perspectiva de la izquierda y de los nacionalistas, como una intromisión interesada de la Corona en los proyectos de enmienda larvada y oscurantista de la Constitución que pretenden llevar a cabo unos y otros mediante reformas estatutarias que no son tales? Perfecto, esa es la idea. Y además, tendrían que tragar y callar. O eso o dar un golpe de estado republicano y destronar al Rey. Antes de todo eso, es preciso pararles los pies y hacerlo desde el escrupuloso respeto a las reglas del juego. Es lo que más escocería a esta pandilla de bucaneros.

¿Que a alguien puede resultarle innoble forzar un embarazo en el seno del matrimonio de los Príncipes de Asturias y utilizar la figura de un niño que aún no ha nacido para remover los cimientos constitucionales del Título II y provocar un adelanto electoral con más de año y medio de anticipo? Puede ser, pero hecha la ley, hecha la trampa. Más villanía cobijan las propuestas de Zapatero y sus socios y a su plasmación en cuestión de meses nos quieren abocar. Y por otra parte, abandonando el territorio político por un instante y adentrándonos en el estrictamente familiar, ¿cuántos casos no se han visto de niños concebidos con la intención ser ellos mismos por una parte, pero también con la idea de que pudieran salvar la vida de sus hermanos enfermos de leucemia mediante un transplante de médula? Este sería un caso similar, pero extrapolado a nivel nacional.

Y una última pega que podría hacerse contra este planteamiento. Alguien podría pensar que pese a que ese embarazo tuviera lugar, se corre el riesgo de que el segundo hijo de los Príncipes no sea varón y todo el tinglado se venga abajo. Sí, cierto, pero al igual que en el pasado se elegían los compromisos matrimoniales de los hijos de los reyes en función de los más altos intereses de Estado y así vincular en mayor o menor medida a unas monarquías con otras, ¿por qué no elegir previamente el sexo del bebé –proceso extremadamente sencillo en la actualidad- con el fin de que sea del máximo provecho y utilidad para todo el país? Téngase en cuenta lo siguiente. Si con los enlaces principescos amañados de antemano, se buscaba en el pasado soslayar guerras y conflictos ¿no podría un simple bebé varón apagar la mecha de la crisis que se avecina? Yo creo que sí.

Si a alguien con la suficiente influencia jerárquica como para trasladar esta propuesta a las personas adecuadas no se le ha ocurrido todavía la idea, puede tomarla de este comentario, que encantado se la presto.

Lucio Decumio.

04 noviembre 2005

Bendito aislamiento


A la vista de estos tres individuos, sobra cualquier tipo de comentario. Miento, hay uno que no sobra: ¡¡Sinvergüenzas!!

La vida política de nuestra Nación se ha centrifugado peligrosamente en las últimas fechas. Los acontecimientos se han precipitado en el Parlamento Nacional y tras el debate del pasado miércoles y la subsiguiente admisión a trámite en el Congreso del proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña, nos encontramos ante un breve paréntesis que bien podría concluir, allá por la primavera de 2006, en una tormenta de imprevisibles consecuencias.

He seguido con la máxima atención todo el proceso, especialmente en las últimas semanas y no hago sino pensar y llevarme las manos a la cabeza al comprobar que todo este burdo artificio pergeñado por unos iluminados dispuestos a realizar cualquier pirueta política con tal de mantenerse en el poder -local o nacional, lo mismo da-, sólo ha servido para provocar una disparatada y costosísima sangría de tiempo y energías, pero especialmente, para abrir una profundísima herida y ocasionar una gravísima erosión en el espíritu de convivencia que hasta la fecha, presidía nuestras vidas. De hecho, estoy seguro de que si pudiéramos meternos en la retorcida mente de los padres de la criatura, alcanzaríamos a darnos cuenta de que ese desgaste era sólo el primero, pero no el último de los objetivos que se plantearon alcanzar los redactores de la infamia cuando en alguna oscura mazmorra del Palacio de Sant Jordi, se devanaban los sesos para que el siguiente artículo a plasmar, fuera aún más ultrajante que el anterior.

El esputo que para el resto de los españoles y para su soberanía supone la admisión a trámite del Estatuto y su más que segura aprobación futura -independientemente de las modificaciones con las que nos quieran vender su fraudulento encaje dentro de los límites constitucionales-, ha sido una provocación premeditada, consciente y estudiada por parte del nacionalismo catalán para hacer saltar por los aires nuestra convivencia nacional.

Apoyados en la debilidad política y patriótica de un Gobierno Central exclusivamente interesado en mantenerse en el poder y en laminar a su principal adversario político, PSC, ERC, IU y CiU han aprovechado la ocasión y han arrimado una barra de hierro incandescente a la piel de la Nación con el fin de desatar su ira y de ese modo, aprovechar su lógica y esperada reacción defensiva para cargarse de más argumentos con los que alimentar su fabulado desencuentro con el resto de España, presentarse como víctimas de la intransigencia de un Estado opresor y justificar futuros y más estruendosos desmanes dialécticos y de cualquier otro tipo.

Voy concluyendo. Este tenebroso episodio del que todavía está por escribirse el final, no habría tenido lugar si el PSOE, el Gobierno y el principal líder de ambos, hubieran hecho frente, desde la lealtad institucional y el respeto a la soberanía nacional a un articulado abyecto, insolidario, aldeano, segregador y sobre todo, anticonstitucional. El sombrío futuro que se vislumbra en el horizonte no sería tal si esos mismos actores se sacudieran de una vez por todas su negativa visión de la idea de España y su atávica inclinación por transformarla en un improductivo y receloso reino de taifas.

Pero no es así. El PSOE y el Gobierno se han convertido en cómplices necesarios de una vileza que puede acabar con España en muy poco tiempo. Nos encontramos frente a una mentira, un engaño y una traición con mayúsculas y que desde todos los puntos del arco parlamentario -salvo el ocupado por el PP- se trata de revestir con los ropajes de una forzada normalidad democrática y maquillar con un despliegue propagandístico opresivo y acrítico, para consumo exclusivo y despreocupado de las cabezas más ociosas del rebaño.

Frente a todo ello, un solo grupo parlamentario que representa a la mitad de los españoles, es el único que ha apostado por la sensatez política, la lucidez intelectual y la claridad de ideas, conceptos y recursos democráticos. Postura que curiosamente los demás partidos se han apresurado a calificar de reaccionaria, antidemocrática y aislacionista.

Incierto y lóbrego, pero a un tiempo satisfactorio y enorgullecedor, resulta aquel aislamiento que es consecuencia de nuestro repudio y rechazo hacia los lobos que triunfantes, han entrado en el redil gracias a la colaboración, el apoyo y el impulso del mismísimo pastor. Bienvenido sea el acorralamiento al que nos quieren someter a tantos y tantos millones de españoles, si esa soledad es el peaje que debemos abonar por la defensa que hagamos de la paz, la igualdad, la libertad y la armónica convivencia de todos y entre todos.

Lucio Decumio.

27 octubre 2005

Los ministros cortina entran al quite

María Antonia Trujillo, "ministra -zen", "ministra-cuota" y posiblemente, ministra saliente en pocas semanas.

Quien siga con cierta asiduidad la cadena de comentarios y reflexiones que vengo emplazando en esta página desde hace -vaya, ahora que lo pienso, sí que hace- casi treinta meses y sobre todo, que se haya empapado con mis últimas intervenciones, habrá podido percatarse de que el título que encabeza mi comentario de hoy, seguramente no le resulta del todo extraño.

Efectivamente así es. Hace algunas semanas, hice mención por primera vez al concepto de "ministro cortina" y creo sinceramente, que no anduve descaminado a la hora de enjuiciar las verdaderas labores que desde Presidencia de Gobierno y desde los órganos directivos del PSOE -léanse Blanco y Rubalcaba- se les habían asignado a varios miembros del gabinete Zapatero. Esos cometidos, insistía un servidor, consistían -y consisten- básicamente en la tarea de poner en marcha propuestas chapuceras y realizar declaraciones ridículas y vergonzantes que desviaran bruscamente los focos de las cámaras y el interés de la calle, de los asuntos de verdadero calado que entre bastidores y entre tinieblas, maneja el Gobierno.

Concretamente, señalaba yo como paradigmáticos representantes de esta clase de ministros, a María Antonia Trujillo y a Miguel Ángel Moratinos. Sería fácil añadir alguno más, como es el caso de Carmen Calvo, la indocta y nesciente Ministra de Cultura, personaje éste que gracias a media docena de memorables intervenciones rayanas en el analfabetismo funcional, bien podría ocupar un puesto descollante en el Olimpo de los iletrados.

Sin embargo, con ser destacados los deméritos de ésta última, el cómputo global de las Grandes Ligas que disputan los integrantes del Gobierno socialista en pos de los trofeos que distinguen al miembro administrativamente más incompetente y políticamente más chabacano del Consejo de Ministros, arroja un saldo netamente favorable a la titular de Vivienda y al encargado de Exteriores.

Ambos se alternan en el liderazgo y mantienen una reñida y cautivadora pugna para dilucidar quién de los dos tomará la grotesca delantera informativa que por unas horas o unos días, empañará las vergüenzas de Zapatero, Rubalcaba y Pepiño Blanco y permitirá a éstos tomar el resuello necesario. Hoy le ha tocado el turno a María Antonia Trujillo, pero mañana, pasado mañana o a la vuelta de una semana o diez días a más tardar, Moratinos apretará los dientes y nos regalará épicos y encarnizados asaltos contra el recién estrenado liderazgo de la "ministra cuota" y que consistirán, sin duda, en nuevas y balbucientes bufonadas acerca de los progresos de la Alianza de Civilizaciones o de los innegables avances democráticos que experimentan a diario, idílicos regímenes alauitas, caribeños o cisjordanos.

A la noticia que publicaba hoy el diario "El Mundo" y que indicaba que en el borrador del anteproyecto de Ley del Suelo, se recoge la posible expropiación de viviendas a propietarios que las mantengan vacías, sólo hay que concederle el verdadero valor que merece, que desde mi particular óptica es ninguno.

El Ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos -de quien aunque parezca mentira, se dice que estudió la Carrera Diplomática- es sorprendido en animada charla y en actitud cercana y confidencial, con la Secretaria de Estado Norteamericana, Condoleeza Rice.

Que no haya equívocos. Me estoy refiriendo a la valía intrínseca de la noticia y a la viabilidad futura del pintoresco artículo, pues hasta el más desubicado sabe que semejante deposición totalitaria es imposible llevarla a la práctica. Que nadie se llame pues, a engaño. El verdadero propósito de esta filtración tiene como objetivo final distraer la atención informativa, opositora y pública, de los asuntos que realmente importan a los españoles y que desde hace demasiado tiempo, liman y erosionan con dureza la imagen de unos gobernantes que se han visto sobrepasados por su propia ineptitud.

Concluyo. Otra idea que me ronda la cabeza y que no excluye a la anterior, sino que posiblemente la complemente, es la de que la filtración haya sido interesadamente transmitida por miembros del Gobierno al diario "El Mundo" y que aquélla tenga como fin terminar de dinamitar el excéntrico perfil político y público de Trujillo.

Dos pájaros, caerían así del árbol a un tiempo; uno, en forma de ministra quemada por sus desconcertantes pero muy oportunas extravagancias y que abandonaría el Gabinete metamorfoseada en inmejorable cabeza de turco con la que ZP podría redimir durante algunas jornadas su maltrecha imagen; y dos, el descenso a los infiernos de la "ministra-zen", bien podría convertirse en un aparatoso espectáculo de fuegos articificiales que permitiera alejar por unas horas de esa indignidad que es el Estatut -o de cualquier otra que estuviera perpetrando Zapatero en ese preciso instante-, rayos catódicos, ondas herzianas, linotipias y páginas web.

Don Mariano, que sé que me lee. La munición del calibre "Calvo Parabellum", "Trujillo 9mm" o "Moratinos 7,62" que el PP dispara contra el Gobierno, no es si no cartuchería de fogueo que les proporcionan conscientemente desde los polvorines de Ferraz. Artificios que les hacen perder tiempo precioso y unas fuerzas que no les sobran para continuar dando guerra en el frente clave de esta legislatura: nuestra pervivencia como Nación.

Lucio Decumio.

21 octubre 2005

Gibson, Wolford, de Camp...

Soldados americanos combaten en las afueras de Faluyah a las fuerzas de Sadam Hussein. Abril de 2003.

¿Son acaso estos apellidos, los integrantes de algún nuevo reparto cinematográfico que amenizará la inminente Navidad? ¿Tal vez se trata de los tres primeros universitarios que serán elegidos en el “draft” de la NBA en 2006? ¿Hablo quizás, de los últimos premios Nobel de Física, Medicina o Química?

No, nada de eso. Me estoy refiriendo, siempre según la estimación del último pedrusco de oro desgajado de las inagotables vetas progresistas que se refugian en la Audiencia Nacional -el ilustre Santiago Pedraz- a tres peligrosos criminales a los que hay que perseguir sin descanso por los cinco continentes, los siete mares y todos los cielos planetarios, pues son autores de gravísimos delitos contra la comunidad internacional.

¿Y quiénes son tan desalmados malhechores y cuáles han sido los espantosos delitos perpetrados, para merecer el lejano y justiciero acoso del auto de un juez español?

Respuesta muy sencilla. Son el sargento Thomas Gibson, el capitán Philip Wolford y el teniente coronel Philip de Camp, tres militares del Ejército de Tierra de los Estados Unidos. Su falta, tener el infortunio de verse envueltos durante la batalla de Bagdad, allá por la primavera de 2003, en el triste episodio de la muerte del cámara de Tele 5 José Couso y del periodista ucraniano Taras Protsyuk, tras impactar el obús de un M1 Abrams en la fachada del Hotel Palestina, lugar desde el que ambos cubrían en ese instante los combates.

O lo que es lo mismo, tres tipos corrientes a los que mandaron a luchar a un lejano país y cuyo pecado fue disparar equivocadamente al lugar inadecuado en el momento más inoportuno en mitad del fragor de una batalla, se encuentran en el punto de mira de los delirios de grandeza y del espíritu políticamente sumiso de un juez grotesco.


El juez de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz. No hace falta que añada nada más. Está todo dicho en estas líneas.

Ilustraciones anti-americanas para deslumbrar a la secta, que no falten. Como tampoco han de echar de menos déspotas y asesinos de todo pelaje –siempre que sean de la cuerda ideológica correcta- un último homenaje, una nueva lisonja o un postrer reconocimiento a sus atropellos y crímenes.

Santiago Pedraz. Antes de continuar, es preciso enumerar los méritos recientemente contraídos por este togado para tener una fotografía precisa del porqué de su decisión de perseguir a los militares estadounidenses.

En primer lugar, hay que recordar que Santiago Pedraz formó parte del siniestro triunvirato de jueces -completado por Ollero y Guevara- que puso en libertad el pasado verano a una veintena de cachorros batasunos al considerar sus actos de violencia callejera, simples gamberradas de inocuas consecuencias. Y poco después, ya a solas consigo mismo, estuvo a punto de poner de patitas en la calle a Josu Ternera al estimar que las cartas que escribía desde prisión el caudillo criminal a familiares y amigos, no constituían prueba suficiente para mantenerle entre rejas, aunque en ellas manifestara abiertamente el regocijo que le producía ver a los españoles saltar en mil pedazos por efecto de las bombas etarras.

Con estos precedentes, es fácil entender que la razón que ha impulsado a Pedraz a pergeñar un auto de estas características, sólo puede tener su origen en el ansia por coronar una fecunda trayectoria de vasallaje al poder político socialista con la postrer demostración de quién es en realidad; un fiel instrumento judicial en manos de un Gobierno mezquino que pretende valerse de este magistrado en particular, para subcontratar y ejecutar sus políticas de apaciguamiento con los terroristas y de persecución revanchista de los herejes.

Vuelvo sobre Couso. Desde el preciso instante de su muerte, la progresía nacional vio en aquel acontecimiento un provechoso ariete con el que continuar su tarea de desgaste contra el Gobierno de Aznar. De este modo y haciendo uso de su tradicional empuje propagandístico y ánimo intoxicador, no paró de echar carbón a sus calderas mediáticas, políticas e incluso llegado el caso que nos ocupa, judiciales, para tratar de fundir los rótulos de la muerte de José Couso con los relieves de la premeditación y de la intencionalidad alevosa. Todo ello, cómo no, en un intento de retorcer y modificar una realidad que no convenía a sus intereses y en la que las cruentas carambolas y la sangrienta aleatoriedad que acompaña a todo combate, tuvieron seguramente mucho más que ver en el fallecimiento de los reporteros, que la presunta borrachera de sangre a la que nos pretenden hacer creer que se entregaron con denuedo, los tres mandos norteamericanos.

Pensaba que en torno a la muerte de José Couso, ya lo había visto todo. Pero no. El culebrón de rencor y desquite que se inició hace unos años con la muerte del periodista, desgraciadamente no llegó a su fin con los mezquinos desplantes informativos a José María Aznar en el Congreso, con la bajada de las pancartas y la subida al poder de quienes las sostenían o con el inaudito reconocimiento de Couso en el Parlamento, a iniciativa de IU, como víctima del terrorismo.

El nauseabundo serial post-mortem prosigue, muy al contrario, escenificado ahora en las figuras de los tres soldados norteamericanos y dirigido por un juez que no merece llamarse tal. Y en la producción, el empeño vengativo y rencoroso de un Gobierno de cartón-piedra, cuyo único método para mantener las apariencias ante sus más irredentos seguidores y obviar sus graves carencias, es emplearse en un sinfín de laicas cruzadas contra todo aquel que dentro de su febril imaginario, no se ajuste a los parámetros de la utopía.

18 octubre 2005

El arte de la superación

Abril de 2004. Momento aciago para España. El peor Gabinete y el peor Presidente posibles, posan alegremente a la entrada del Palacio de la Moncloa. El daño está hecho.

Ya estamos a 18 de Octubre. Parece mentira, pero ha pasado exactamente un año y medio desde que JLRZ se hiciera cargo de la Presidencia del Gobierno, entrara henchido y rebosante de orgullo izquierdista y ánimo revanchista por las puertas de La Moncloa y se diera inicio con ello, a la etapa política más aberrante, degenerativa, servil y humillante que ha vivido España en toda su Historia.

¿En toda su Historia me atrevo a decir? Sí. Para mí empiezan a quedar pocos espacios para la duda. Si hace varios meses osaba comparar, en un ejercicio de riesgo histórico bastante elevado, a este apóstol del nihilismo más contumaz con la figura de Fernando VII, el desagradecido y golpista monarca a quien hasta entonces un servidor consideraba como el peor gobernante de nuestra Historia, hoy me arriesgo a afirmar que tras la inagotable sucesión de deméritos y despropósitos acumulados por el enajenado y la camarilla a la que se aferra, ZP ha superado con amplitud, el listón que tan alto dejó aquel soberano de pacotilla.

¿Exageración trufada de desquite y rencor? ¿Repulsión hacia la corriente política de cuyas fuentes bebe el actual Presidente? ¿Tal vez soy víctima de un rechazo visceral hacia la figura de Zapatero?

No, de verdad creo que no se trata de eso. Simplemente tiro de memoria y por más que lo hago, no recuerdo a ningún otro dirigente de nuestra Nación, ya fuera éste Rey, Presidente de la República, Regente, dictador, títere consanguíneo del jerifalte de algún ejército de ocupación o Presidente del Gobierno democráticamente elegido, que se haya manifestado con tanto empeño y vigor como el mejor y más abnegado peón de quienes desde dentro y desde fuera, se empeñan en despedazar España.

Su relativismo moral, ético y patriótico, así como su permanente alejamiento del valor de las leyes y de las normas que le otorgan su propia legitimidad, ha dejado el camino expedito a los peores reyezuelos taifas que habitan en la periferia nacional para acelerar el proceso de centrifugación de España. E insisto. De una actitud similar en otro gobernante que en épocas pretéritas, se haya acercado de modo tan espeluznante a la negación y a la relativización de la propia esencia y del mismo ser del la Nación que le vio nacer, no tengo constancia, de verdad.

Pero no sólo cabe reseñar su dejación y su obsesiva negación patriótica, que han puesto en gravísimo peligro nuestra estabilidad como régimen democrático y como Nación. Aunque sea ésa, la de su cómplice participación en la desactivación de nuestro proyecto en común, la más grave ofensa que a mi juicio ha cometido el sujeto, no es la única, ni mucho menos, pues la cadena de atropellos cometida por Zapatero y que han desestabilizado la convivencia entre los españoles es más que larga.

Llegados hasta aquí, ¿por cuál de sus disparates o renuncias podríamos continuar? Venga, parémonos, hagamos memoria durante un par de segundos -tal vez menos- y tendremos en mente un kilométrico rosario de agravios, errores e ignominias que dejan clara constancia de la catadura del personaje que nos gobierna.

Personalmente, yo seguiría por los ultrajes a los que ha sometido a la mayoría católica que vive en España, añadiría los esputos políticos arrojados contra las víctimas del terrorismo y como postre, serviría las injurias que se han lanzado contra buena parte de los votantes que no son de su orilla. Sin embargo, con ser las anteriores realmente graves, esas actitudes chulescas y despectivas contra los colectivos mencionados han terminado por quedar empequeñecidas ante sus indisimulados intentos de laminar al adversario político con toda suerte de inquinas y maquinaciones, estrategia que perseguía el doble objetivo de reducir la representación e influencia política de sus rivales e intentar ocultar -en vano- las infinitas escombreras intelectuales de sus ministros y de él mismo. En relación a estos asuntos, se han escrito en este período muy tristes y lamentables episodios, pero el más cavernoso de todos ha sido sin lugar a dudas, la arbitraria y alevosa detención de dos militantes del PP por aparecer, en actitud vociferante, al lado del ministro Bono en una foto de prensa.

Superando a lo anterior, nos encontramos con su patético apego por el efectismo y su genética inclinación por la propaganda, la intoxicación y cómo no, la ocultación cobarde de datos críticos que han impedido a los españoles, conocer el verdadero cariz de algunos de los hechos más luctuosos que han jalonado nuestra trayectoria vital en los últimos meses. Así, nos percatamos de que tras el carpetazo a la Comisión Parlamentaria del 11-M, los culpables últimos de aquella salvajada permanecen ignotos para el gran público, pues una intrincada maraña de individuos, nombres, alias, lugares, confidentes, matones, tipos de explosivos, furgonetas, traficantes y sobre todo, musulmanes radicales aferrados a tardías y sospechosas tendencias suicidas, entorpece hasta la asfixia cualquier intento de acercamiento a la verdad por parte de quienes -cada vez menos- estamos interesados en conocerla.

Hilvanando con el caso anterior y a caballo entre su miedo y su desprecio por la verdad, también hemos asistido atónitos a la inhumación inmediata y premeditada, de los rescoldos informativos de numerosos acontecimientos que podrían haberle puesto a él y a sus socios, contra la punta de la espada de sus propias contradicciones y responsabilidades.

De este modo, el desamparo y las presiones que sufren las víctimas del incendio de Guadalajara, el abandono y el desprecio que padecen los afectados por el derrumbe del Carmelo y la ley del silencio a que han sido sometidos familiares, amigos, compañeros y superiores de los tripulantes del helicóptero siniestrado en Afganistán, se han convertido en tres ejemplos palmarios de que las varas de medir las desgracias que cíclicamente sufren los españoles, son distintas en función de quien gobierne. Tan es así, que mientras a unos se les exige información puntual, reflejos, claridad, eficacia y respuesta inmediata y competente ante cualquier contratiempo, desastre o accidente, a otros, a quienes nos gobiernan en la actualidad, les basta con arrojar clandestinamente sobre sus faltas unas cuantas toneladas de acero forjado con silencio y mentiras, para enterrar sus sombrías responsabilidades y salir airosos del trance.

Pero el espacio en el que la tarea de superación de la propia ineptitud se ha desarrollado más concienzudamente y ha alcanzado niveles tan descollantes que hasta para ellos mismos va a resultar complicado en el futuro poder ir más allá en ineficacia, torpeza, mala fe y vileza, ha sido en el área de las relaciones internacionales.

Y a este respecto, en todo lo que se refiere al ridículo permanente y a la extravagancia tercermundista en la que nos hemos instalado gracias a su desgastada ideología filo-revolucionaria, se agotan los calificativos ante la contemplación de la posición internacional que ocupaba España previa a la llegada de ZP al Poder y la que ostenta en la actualidad; la categoría de sus aliados de entonces y la de sus actuales interlocutores; su influencia en el concierto de las naciones antes del 11-M y la posición de postración, colaboracionismo y servilismo que ahora demuestra ante las tiranías más rancias y sanguinarias del planeta.

Los peores presagios, las más negras previsiones acerca de la capacidad de Zapatero y de sus ministros para dirigir la nave por la ruta adecuada, se han visto amplia y tristemente superadas por las decisiones que han adoptado a lo largo de estos 18 meses y las oscuras alianzas que han firmado. Y de algo podemos estar seguros: el ritmo de desgaste que se ha imprimido desde el Gobierno a los cimientos que sostienen las paredes de la Nación, no lo soportará España durante otro año y medio.

Lucio Decumio.

11 octubre 2005

Majestad

Su Majestad el Rey, en el momento de firmar la Constitución de 1978 ante el Congreso de los Diputados.

Majestad; como si Usted mismo se hubiera impregnado de ese narcotizante ambiente que envuelve a buena parte de la sociedad civil española y que por alguna oscura razón impide a millones de conciudadanos reaccionar ante la inagotable serie de catástrofes humanas, políticas y ambientales que nos sacuden, Su Majestad, antaño ágil de reflejos, cercano a sus súbditos y entregado a su tarea de servir con determinación a España, guarda un silencio desgarrador -sólo interrumpido por tenues comparecencias y vaporosas declaraciones- frente a las durísimas acometidas que está sufriendo nuestra Nación desde dentro y fuera de sus fronteras.

Majestad; ante los desastres que implican pérdidas humanas, poco puede hacer un Rey, salvo expresar sus más sinceras condolencias a los familiares de los fallecidos y urgir a los poderes públicos para que en la medida de lo posible, pongan en marcha los medios adecuados que eviten en el futuro percances similares. Frente a calamidades medioambientales causadas por la imprudencia del hombre y multiplicadas por la desidia de los gobernantes encargados de hacerles frente, escaso es el margen de maniobra de un Monarca para poner remedio a tan graves pérdidas. Y al respecto de prolongadas sequías, nada, salvo desear con todas sus fuerzas que los cielos dejen de arrojarnos ese eterno y ardiente castigo que marchita nuestras tierras, puede hacer un Soberano.

Majestad; pero cuando la carcoma política llegada desde la periferia nacional y allende nuestras fronteras meridionales, hace presa de las puertas que resguardan nuestra estabilidad y nuestro modo de vida, es el momento de alzar la voz y dar un sereno puñetazo sobre la mesa.

Majestad; aunque la Constitución que todavía rige los destinos jurídicos y políticos de España le reste formalmente cualquier protagonismo ejecutivo o legislativo, nuestro Rey, mi Rey, tiene desde mi punto de vista la obligación moral de oponerse a tanta perfidia e inacción y emplear conjuntamente el enorme crédito acumulado entre los españoles a lo largo de treinta años y la notable influencia que se le reconoce entre las altas esferas dirigentes del país, para dar un giro a tan dramática situación y reconducirla hacia espacios más tranquilizadores.

Majestad; España se encuentra ante una gravísima encrucijada política que se la puede llevar por delante y quien lo niegue o está ciego o es activo partícipe del proceso de desmembración que se quiere llevar a efecto. Y frente a todo ello, frente a la interminable sucesión de zancadillas secesionistas e insidias expansionistas que cada vez con más fuerza zarandean a nuestra Nación, he de reconocer con pesadumbre que la tibieza y la apatía de que hace gala el Primero de todos los españoles, desconciertan mi ánimo y anegan mi espíritu. Momentos tan graves como los que vivimos, no precisan de paños calientes o silentes ausencias. Sí en cambio, de la serena firmeza y el sólido pulso de aquel hombre que capitaneó con admirable inteligencia y sobresaliente sagacidad, la inestable Transición política nacional.

Majestad; esto ha dejado de ser una simple altercado democrático entre partidos que pelean por ganar el favor de sus votantes, así que no se trata de tomar posición por unos o por otros. Hemos entrado de lleno en una pelea por la supervivencia de nuestro modelo político, social y económico –modelo en el que evidentemente se incluye la Corona- y por extensión a todo ello, de nuestra pervivencia como Nación.

Majestad; cuando la zozobra y la inquietud sobre su futuro en común cortan el aliento de millones de españoles, la presencia política del Jefe del Estado no puede circunscribirse exclusivamente a un par de discursos protocolarios en Nochebuena y Reyes. Cuando la situación amaga con írsele de las manos a un hatajo de necios que desde la más espeluznante irresponsabilidad y deslealtad, han optado por socavar los cimientos de nuestro sistema de libertades, las intervenciones decididas a favor de la unidad, la soberanía, la solidaridad y el progreso de todos los españoles, no pueden hacerse esperar por más tiempo.

Majestad; yo echo de menos a Su Majestad en estas alarmantes horas y conmigo, un sinnúmero de compatriotas.

Lucio Decumio.

04 octubre 2005

Rajoy visita esta página


Instantánea de M. Rajoy en la que el líder de la Oposición,
celebra alborozado la munición política que acaba de obtener gracias a la lectura de los acerados comentarios de L.D.


Innegablemente, el titular de hoy está impregnado de una fuerte y pretenciosa autocomplacencia, así como de un reconocible deseo de confundir mis deseos con la realidad. Pero aunque nos enganchemos a la lógica del tiempo y de los acontecimientos y con ello descartemos que el líder de la oposición y del PP sea un asiduo lector de mis comentarios y sobre todo, que éstos se hayan convertido en referencia necesaria en sus discursos y propuestas políticas, nadie puede quitarme la satisfacción de haber avanzado hace unos meses, razonamientos muy similares a los expresados recientemente por Rajoy al respecto de futuras y muy perentorias reformas electorales o constitucionales para cortar de raíz la estremecedora metástasis nacionalista que padece España.

Tampoco sería ni sensato ni realista, adjudicarme todo el mérito creativo en torno a unos planteamientos que hace tiempo se vienen manifestando como necesarios en muchos ámbitos de la vida pública y política de la Nación, pero sí que ruego a mis más fieles lectores que pierdan unos segundos de su preciado tiempo y comparen algunos de los párrafos que redacté el 14 de Abril de 2005 bajo el epígrafe "A por ellos" con los extractos de las recientes declaraciones que realizó Mariano Rajoy al hilo de la aprobación en el Parlamento Catalán, del sedicioso proyecto de reforma estatutaria de Cataluña.

Por último, invito a todos mis visitantes a no pensar que, tal y como les sucede a los guionistas y productores de Hollywood, mis vetas creativas se encuentran en fase terminal y que a partir de ahora, sólo voy a dedicarme a hacer "remakes" de mí mismo. Que no, que no. Ni hablar.

Lo que dije yo:

Así que, a la vista de la deslealtad de los nacionalistas y de la complicidad suicida del PSOE, propongo lo siguiente: Si para Ibarreche, Maragall, Carod y demás caterva, sacar al ruedo político cualquier cuestión reivindicativa relacionada con el autogobierno o con pasados y presuntos agravios históricos, es sinónimo de éxito: ¿Porqué razón no invertir la tendencia y darles un poco de su propia medicina?

Me explico. Si nacionalistas catalanes y vascos consideran cualquier competencia central es susceptible de ser reclamada, así como cuestionable cualquier concepto de la Historia de España, de su cultura, de su legado y de su sentimiento nacional, ¿porqué no aplicar su misma estrategia y lanzar a la mesa unos cuantos órdagos que propongan la eliminación de algunas de las prerrogativas que han ido acumulando en los últimos años o que pongan en duda su legitimidad o su historia autonómica o regional?

Yo digo que para detener esta sinrazón, hay que pasar a jugar en su terreno, hay que sacudirse los complejos, pasar a la ofensiva y dejar de mantener posiciones defensivas y timoratas. Propongamos la eliminación o la supresión de parte de sus privilegios y postulemos por la devolución al Estado de facultades y competencias que han ido arrebatando con su táctica depredadora a lo largo de los últimos tiempos. Después de todo, hasta que consiguieron muchas de las atribuciones estatales que ahora gestionan, éstas estaban en manos del Gobierno Central y nadie, salvo a ellos cuando les convino, había puesto en entredicho la legitimidad del Estado para gestionarlas correctamente.

Lo que ha dicho Rajoy en una entrevista concedida el pasado domingo al diario "El Mundo":

"Propongo reformar la Constitución para que las competencias del Estado sean intocables".

"No estamos ante una reforma del Estatuto [catalán], sino ante una reforma de la Constitución, ante una ruptura del consenso de la Transición, ante un cambio del modelo de Estado y ante una liquidación, impulsada por el Partido Socialista, del principio de igualdad entre los españoles".

"Estoy dispuesto a proponer la reforma de la ley electoral, porque en este momento es un asunto especialmente importante. Le voy a explicar por qué. Si los políticos catalanes van a decidir sobre lo que ocurre en Cataluña y el resto no puede intervenir, ¿por qué van a decidir sobre lo que ocurra en el resto de España?"

Lucio Decumio.