21 octubre 2005

Gibson, Wolford, de Camp...

Soldados americanos combaten en las afueras de Faluyah a las fuerzas de Sadam Hussein. Abril de 2003.

¿Son acaso estos apellidos, los integrantes de algún nuevo reparto cinematográfico que amenizará la inminente Navidad? ¿Tal vez se trata de los tres primeros universitarios que serán elegidos en el “draft” de la NBA en 2006? ¿Hablo quizás, de los últimos premios Nobel de Física, Medicina o Química?

No, nada de eso. Me estoy refiriendo, siempre según la estimación del último pedrusco de oro desgajado de las inagotables vetas progresistas que se refugian en la Audiencia Nacional -el ilustre Santiago Pedraz- a tres peligrosos criminales a los que hay que perseguir sin descanso por los cinco continentes, los siete mares y todos los cielos planetarios, pues son autores de gravísimos delitos contra la comunidad internacional.

¿Y quiénes son tan desalmados malhechores y cuáles han sido los espantosos delitos perpetrados, para merecer el lejano y justiciero acoso del auto de un juez español?

Respuesta muy sencilla. Son el sargento Thomas Gibson, el capitán Philip Wolford y el teniente coronel Philip de Camp, tres militares del Ejército de Tierra de los Estados Unidos. Su falta, tener el infortunio de verse envueltos durante la batalla de Bagdad, allá por la primavera de 2003, en el triste episodio de la muerte del cámara de Tele 5 José Couso y del periodista ucraniano Taras Protsyuk, tras impactar el obús de un M1 Abrams en la fachada del Hotel Palestina, lugar desde el que ambos cubrían en ese instante los combates.

O lo que es lo mismo, tres tipos corrientes a los que mandaron a luchar a un lejano país y cuyo pecado fue disparar equivocadamente al lugar inadecuado en el momento más inoportuno en mitad del fragor de una batalla, se encuentran en el punto de mira de los delirios de grandeza y del espíritu políticamente sumiso de un juez grotesco.


El juez de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz. No hace falta que añada nada más. Está todo dicho en estas líneas.

Ilustraciones anti-americanas para deslumbrar a la secta, que no falten. Como tampoco han de echar de menos déspotas y asesinos de todo pelaje –siempre que sean de la cuerda ideológica correcta- un último homenaje, una nueva lisonja o un postrer reconocimiento a sus atropellos y crímenes.

Santiago Pedraz. Antes de continuar, es preciso enumerar los méritos recientemente contraídos por este togado para tener una fotografía precisa del porqué de su decisión de perseguir a los militares estadounidenses.

En primer lugar, hay que recordar que Santiago Pedraz formó parte del siniestro triunvirato de jueces -completado por Ollero y Guevara- que puso en libertad el pasado verano a una veintena de cachorros batasunos al considerar sus actos de violencia callejera, simples gamberradas de inocuas consecuencias. Y poco después, ya a solas consigo mismo, estuvo a punto de poner de patitas en la calle a Josu Ternera al estimar que las cartas que escribía desde prisión el caudillo criminal a familiares y amigos, no constituían prueba suficiente para mantenerle entre rejas, aunque en ellas manifestara abiertamente el regocijo que le producía ver a los españoles saltar en mil pedazos por efecto de las bombas etarras.

Con estos precedentes, es fácil entender que la razón que ha impulsado a Pedraz a pergeñar un auto de estas características, sólo puede tener su origen en el ansia por coronar una fecunda trayectoria de vasallaje al poder político socialista con la postrer demostración de quién es en realidad; un fiel instrumento judicial en manos de un Gobierno mezquino que pretende valerse de este magistrado en particular, para subcontratar y ejecutar sus políticas de apaciguamiento con los terroristas y de persecución revanchista de los herejes.

Vuelvo sobre Couso. Desde el preciso instante de su muerte, la progresía nacional vio en aquel acontecimiento un provechoso ariete con el que continuar su tarea de desgaste contra el Gobierno de Aznar. De este modo y haciendo uso de su tradicional empuje propagandístico y ánimo intoxicador, no paró de echar carbón a sus calderas mediáticas, políticas e incluso llegado el caso que nos ocupa, judiciales, para tratar de fundir los rótulos de la muerte de José Couso con los relieves de la premeditación y de la intencionalidad alevosa. Todo ello, cómo no, en un intento de retorcer y modificar una realidad que no convenía a sus intereses y en la que las cruentas carambolas y la sangrienta aleatoriedad que acompaña a todo combate, tuvieron seguramente mucho más que ver en el fallecimiento de los reporteros, que la presunta borrachera de sangre a la que nos pretenden hacer creer que se entregaron con denuedo, los tres mandos norteamericanos.

Pensaba que en torno a la muerte de José Couso, ya lo había visto todo. Pero no. El culebrón de rencor y desquite que se inició hace unos años con la muerte del periodista, desgraciadamente no llegó a su fin con los mezquinos desplantes informativos a José María Aznar en el Congreso, con la bajada de las pancartas y la subida al poder de quienes las sostenían o con el inaudito reconocimiento de Couso en el Parlamento, a iniciativa de IU, como víctima del terrorismo.

El nauseabundo serial post-mortem prosigue, muy al contrario, escenificado ahora en las figuras de los tres soldados norteamericanos y dirigido por un juez que no merece llamarse tal. Y en la producción, el empeño vengativo y rencoroso de un Gobierno de cartón-piedra, cuyo único método para mantener las apariencias ante sus más irredentos seguidores y obviar sus graves carencias, es emplearse en un sinfín de laicas cruzadas contra todo aquel que dentro de su febril imaginario, no se ajuste a los parámetros de la utopía.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

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L.D.