01 febrero 2004

La gran impostura

El hecho de que haya tardado tanto tiempo en darme cuenta, viene a significar cuán limitado es el intelecto de este humilde redactor. Han tenido que pasar muchos años y he tenido que contemplar docenas de actos innobles y mezquinos para caerme del definitivamente del guindo y descubrir a las claras que en España, ser de izquierdas, en cualquiera de sus diferentes vertientes, es enormemente ventajoso.

Quienes así se declaran, tamizan y cubren sus fechorías con un perverso barniz progresista y humanista, mientras que nos obligan a contemplar las declaraciones más virulentas o los exabruptos más incendiarios con absoluta benignidad pues de lo contrario, la etiqueta de retrógrados y fascistas penderá inmediatamente de nuestro cuello; en última instancia, la provocación, la mentira, la protesta callejera o incluso la violencia desestabilizadora, tienden a calificarse con un pragmatismo y una benevolencia que rayan en la depravación.

Sin embargo, aun siendo todos estos actos extremadamente censurables en sí mismos, lo peor de todo no es eso. Constatar como estas gentes no sólo no hacen frente a sus propias responsabilidades y no se hacen cargo de sus propios abusos, sino que por el contrario, tratan de invertir taimadamente la carga de la prueba para acusar con dedos pringados de embustes a sus contrincantes políticos, es todavía peor.

Amparados en la presunción ética y moral de la que se ha tocado la izquierda, cuyo reconocimiento apriorístico entre la opinión pública han logrado en los últimos años gracias a un empuje mediático y social incansables, han cometido las mayores felonías, los delitos más execrables y las perfidias más infames. Y de ellas han salido generalmente indemnes, gracias a discursos tan malignos y tan retorcidos como el pronunciado por la Presidenta de la Academia de Cine en la entrega de los Premios Goya, que exigió a las víctimas de ETA que protestaron contra la nominación del documental de Médem, respeto a la libertad de expresión del cineasta.

Y respeto a la libertad de expresión de este individuo subvencionado y apesebrado había, desde luego pues los manifestantes se quejaban exclusivamente del trato desigual recibido por las víctimas del terrorismo en la última película de Médem, pero en ningún momento exigían la censura de un film que no es sino fruto de la libertad de expresión de un individuo con una particular y muy sesgada visión del problema de la violencia en el País Vasco. Esos intentos de censura a los que hizo mención la Presidenta sólo existían en el marco de la perenne paranoia persecutoria de la izquierda española, que una vez más haciendo gala de una ramplonería y una impostura gravísimas, convirtieron al ninguneador de los perseguidos, en víctima de los mismos.

La izquierda española urge una profunda revisión de sus principios éticos y morales. En un intento patético por diferenciarse de las tesis más que razonables sobre terrorismo y modelo de Estado de sus adversarios políticos, han emprendido una alocada carrera a ninguna parte tras una identidad propia en cuya búsqueda, ellos mismos se están perdiendo y enredando.

Lucio Decumio.

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