25 febrero 2004

¿Quiénes son los fanáticos?

En una reciente grabación emitida por el canal de TV qatarí Al Yazira, Ayman Zawahiri, un sujeto de confesión musulmana que se dice el segundo de la organización terrorista Al Qaida, ha condenado con dureza la ley francesa que prohíbe el uso del velo islámico, así como de otros símbolos religiosos islámicos o de cualquier otra confesión, en las escuelas públicas del país.

Aunque las palabras de este sujeto -quien aprovechando que el Pisuerga pasaba por Valladolid y el Tigris por Bagdad, se descolgó con las tradicionales amenazas hacia los Estados Unidos en el sentido de que en breve, sufrirían nuevos atentados terroristas similares a los del 11-S- no merecen ni soportan el más mínimo embate de la coherencia y el sentido común, conviene no perderlas de vista y situarlas en el contexto clave de la cosmovisión musulmana del mundo y la realidad que les rodea.

En otras ocasiones he hablado y he criticado con dureza la repelente connivencia entre el clero islámico y los dirigentes políticos de todos los países cuya confesión religiosa mayoritaria sigue los pasos trazados por Mahoma, para hurtar a sus feligreses y súbditos, oportunidades, tiempos, libertades, independencia y derechos. Especialmente derechos humanos, que las sociedades occidentales ganaron a pulso y con grandes esfuerzos a lo largo de los últimos 150 años y cuya concatenación en el Islam, se soterra bajo coartadas pseudo-culturales ante la pasividad occidental.

Y hoy vuelvo a la carga contra este fétido engaño, contra este asqueroso fraude que apoyado en muchas ocasiones por inocentes y excesivamente bienintencionados pensadores europeos, trata de invertir la carga de la prueba y buscar que las sociedades democráticas y avanzadas de Occidente, se sientan culpables por no respetar determinados derechos intrínsecos e intransferibles que parecen corresponder a los musulmanes por el mero hecho de serlo.

A mi juicio, ya es bastante sacrificio que en una sociedad laica pero de profundas e innegables raíces católicas como la francesa, las autoridades tengan que hacer "tábula rasa" y obligar a la mayoría cristiana a renunciar a sus símbolos en las escuelas, en aras de una mayor integración de las minorías más conflictivas. Pero para los musulmanes, eso no sólo no es suficiente, sino que lo consideran una ofensa a sus convicciones y su fe.

Se me podrá decir que quien lo afirma es un fulano integrista que se pasa el día conspirando con otros de su calaña para convertir su odio hacia Occidente, en brutales ondas expansivas que acaben con el mayor número de infieles, pero no es así. Desgraciadamente, la mayoría de los musulmanes, de sus dirigentes políticos y religiosos, piensa del mismo modo. Es decir, que sus costumbres, por bárbaras, retrógradas y salvajes que sean, no sólo han de ser toleradas por Occidente el los países del círculo musulmán, sino que ha de transigirse con ellas en el seno de las sociedades más avanzadas y democráticas pues de otro modo, éstas no pueden llamarse así.

Como decía, este modo de pensar es una estafa, un chantaje social que el Islam perpetra contra Occidente con notable éxito, que encuentra incontables apoyos entre los sectores más anti-occidentales de la izquierda social y política y al que tristemente, nuestros gobiernos democráticos no logran responder con firmeza.

¿O es que alguien piensa que la situación inversa podría darse en alguno de estos países? ¿Alguien imagina que en Marruecos, por poner un ejemplo cercano, en caso de existir una minoría cristiana del 10%, ésta podría llegar a convertirse en un grupo de presión tan poderoso que obligara al Estado a renunciar a preceptos religiosos islámicos que están en la raíz misma de su origen?

No señores. Eso es inconcebible. En primer lugar, porque jamás permitirían que cuatro o cinco millones de cristianos convivieran entre ellos, en el caso de que éstos tuvieran la necesidad imperiosa de trasladarse hasta allí con el fin de ganarse la vida. Y en segundo término y caso de producirse semejante volumen migratorio cristiano hacia tierras musulmanas, ya se encargarían ellos de que cristianos inmigrantes y musulmanes oriundos gozaran de los mismos derechos, es decir, ninguno.

Basta ya de paños calientes con esta minoría. Esas gentes pueden venir a Europa a buscar una vida mejor, pero sintiéndolo mucho, habrán de comportarse como europeos y no como atroces beduinos que venden, mutilan y esclavizan a sus mujeres, maltratan a sus hijos y siguen preceptos y normas medievales en su comportamiento diario. Y si estas costumbres forman parte de su acervo cultural -menudo patrimonio, por otra parte- y no quieren desprenderse de ellas, que se queden en sus lugares de origen y que las practique allí, pero no en nuestras casas.

Lucio Decumio.

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