12 septiembre 2007

Diada

Aborrezco las obras domésticas. Son realmente desagradables. Durante los últimos días, hemos estado empeñados en la rehabilitación de casi todas las habitaciones de mi casa y la verdad, ha sido un trabajo no tan agotador en el plano físico, como sí en el mental. Todo desorganizado, sucio y enrarecido. Un desastre que tarda siempre en ponerse en orden mucho más tiempo del previsto en un inicio.

¿Por qué razón empiezo tantas veces mis comentarios con asuntos que no van a tener absolutamente nada que ver con el argumentario posterior? Muy sencillo, es una forma de calentar motores, de no entrar en frío sobre aquello que quiero analizar o simplemente narrar, no sea que me vaya a lesionar y me vea obligado a guardar un largo período de convalecencia posterior.

Ayer y como cada 11 de Septiembre desde que tengo uso de razón, se celebraron en Barcelona los tradicionales actos de homenaje a Rafael Casanova, es decir, que tuvo lugar esa celebración estomagante, victimista y hasta hace poco, simplemente agresiva en el plano dialéctico, que es la Diada de Cataluña.

Lo que debería ser una simple fiesta en la que todos los catalanes pudieran disfrutar de un día de asueto -o de varios, dependiendo del día de la semana en que caiga-, gana cada año más grados de fervor nacionalista y demencia separatista. Las discursos de los líderes políticos, jaleados por unas bases cada vez más radicalizadas y alienadas, son cada vez más incendiarios y peligrosos para la normal convivencia entre los catalanes y entre ellos y los demás españoles.

La gravedad de las chulescas y desafiantes declaraciones pro-independentistas de las formaciones nacionalistas catalanas, así como los riesgos que suponen las amenazas nada veladas de muchos de los simpatizantes de estos partidos a quienes no comulgan con el credo racial y esencialista, son sólo el fruto de una alocada e insensata dinámica de apaciguamiento emprendida en los años de la Transición y vigorizada en los últimos tiempos con la aquiescencia y la bobalicona convicción de Zapatero y los suyos.

Por lo menos, hasta hace unos años, declararse simpatizante del Partido Popular en Cataluña, era una opción tan respetable como las demás, aunque algo folklórica si se quiere, para la masa nacionalista moderada que teóricamente, era mayoría en la región. Pero los procesos de reeducación histórica e inmersión lingüística emprendidos a partir de los años 80 en todas las ramas educativas catalanas -craso error de los gobiernos nacionales de aquella época, el transferir las competencias educativas a las comunidades autónomas gobernadas por los nacionalistas-, unidas a las diabólicas maniobras de arrinconamiento y deslegitimación del Partido Popular, emprendidas por el Gobierno de Zapatero y secundadas por sus aliados políticos y mediáticos, han obrado el milagro.

La que era una Comunidad Autónoma tradicionalmente respetuosa con la convivencia y los derechos de sus habitantes, se ha convertido en un campo de minas para quienes se niegan a disolver su libertad individual y sus convicciones políticas, en la nauseabunda marea negra del nacionalismo más montaraz y agresivo.

Entre todos hemos llenado el estómago de la bestia y hemos esculpido la amenazante musculatura que ahora pasea desafiante, pero son nuestros actuales gobernantes quienes han dado un paso más, abriendo la jaula en la que se encontraba, soltando la correa que la ataba a a los barrotes y azuzándola contra un determinado sector de la población. El problema es que el depredador no distingue entre unos y otros y más temprano que tarde, para él todo serán presas que cobrarse.

Lucio Decumio.

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