Hoy he leído que el Gobierno, por voz del Ministro de Justicia, José María Michavila, ha anunciado que va a recurrir el Plan Ibarreche ante el Tribunal Constitucional, ya que esta trampa ilegal propuesta por el melífluo lendakari vulnera en más de 100 aspectos la letra -que no digamos ya el espíritu- de nuestra Carta Magna.
A mí me parece estupendo. Seguramente es la medida y el paso a dar en estos instantes. Además, ha sido convenientemente consensuada con el PSOE, por lo que goza del apoyo de más del 90% de la población española. Pero a mí me quedan dudas. Dudas razonables, que no me permiten encarar con optimismo las próximas fases que alumbrará este viciado proceso iniciado por la perfidia del PNV, EA, IU-EB y ETA.
Sería larga y procelosa la pormenorizada enumeración de las incertidumbres y recelos que me asaltan, así que sólo haré constar uno. En los últimos meses se ha acelerado un proceso de chulescos desafíos al Estado de Derecho, a las víctimas del terrorismo, a los amenazados por ETA y a todos aquellos que de un modo u otro, se han opuesto a los planes rupturistas del conglomerado abertzale-comunista. Eso lo saben los más tontos. Y los más listos, que son mis lectores, mejor que nadie, vista mi insistencia en abordar esta cuestión. Esa aceleración se ha intentado frenar desde el Gobierno y el Poder Judicial poniendo palos en las ruedas del carro independentista, pero no deteniéndolo del todo, así que éste, aunque duramente y con dificultades, sigue avanzando.
La prueba de lo que digo se encuentra en que las sucesivas resoluciones y mandatos judiciales -emanadas el Tribunal Supremo, que no de ningún pasante de un despacho de abogados- que se le hicieron llegar al presidente del Parlamento Vasco, Juan María Atucha, conminándole a disolver el grupo parlamentario Sozialista Abertzaleak, han sido premeditada e indignamente obviadas por éste, cumpliendo las más que seguras consignas de su partido en ese sentido.
Este vil soslayo de sus obligaciones como máximo representante del órgano legislativo vasco y la subsiguiente inacción del Gobierno y de los jueces ante tamaño reto, es lo que me invita a pensar que por muy duras que puedan ser las sentencias promulgadas por el Alto Tribunal, declarando inconstitucional uno y mil puntos del infame documento pergeñado por el nefasto Ibarreche, las consecuencias para éste y toda su manada de lobos van a ser mínimas.
Es más que seguro que Arzallus y sus cachorros peneuvistas, en vista de que ninguno de ellos ha acabado ante la Justicia y entre rejas tras sus repetidos y cada vez más sangrantes agravios al Estado de Derecho y a sus leyes, sigan tirando del carro de la secesión pese a quien pese.
Yo cada vez creo menos en las iniciativas políticas y jurídicas para frenar este desatino. Se amaga mucho, pero no se golpea nunca. Y hay que golpear. Hay que ponerles ante sus propias responsabilidades y meterles en la cárcel. Cuando uno vea las barbas del vecino cortar, echará las suyas a remojar. Seguro, porque son cobardes. Como es cobarde el niño que amparado por su notable inferioridad física ante un padre, le desafía, le chulea y le busca las cosquillas con el ánimo de minar al máximo su autoridad y poder hacer de su capa un sayo. Sabe que el padre no se atreverá a darle un buen pescozón por temor a empeorar las cosas y a que el niño le termine odiando definitivamente. Le pone, en definitiva, ante una situación de hechos consumados. O me dejas hacer lo que quiero, o será peor.
Pues esto es igual. Desde el mismísimo pacto de Lizarra, los dirigentes del PNV tendrían que haber sido procesados por colaboracionismo con organizaciones políticas que apoyan el terrorismo. Y si esa figura jurídica no existía en su momento, se tendría que haber creado. Yo sólo espero que no sea demasiado tarde por una razón. Desde dentro, Ibarreche está encontrando más oposición y más dura de la que encuentra fuera. Cuando los que deseas que vayan contigo se niegan, ¡¡¡aaahhh migo!!! entonces es que algo está a punto de fallar.
Y como por hoy ya es bastante, otro día hablaré sobre esos desafectos internos que harán -espero- naufragar el plan del lendakari.
Lucio Decumio.
31 octubre 2003
28 octubre 2003
Cinco del viernes
Hoy, algo rapidito para irnos pronto a acostar, que mañana me espera un día en la oficina de tomo y lomo, como decía Don Pantuflo. Además, las preguntas de hoy son realmente absurdas, así que creo que no me entretendré demasiado.
1) ¿Qué prefieres, carrito con hoja de lechuga o con folleto?
Como decía la pregunta es absurda. Pero ya puestos, prefiero el carrito con el folleto. No deja de ser algo más higiénico.
2) ¿Crees en la existencia de las "cajas rápidas" o piensas que es un mito como lo de "el tamaño no importa"?
Lo de las cajas rápidas viene a ser una reedición de lo que suele suceder cuando te acercas al cajero automático de un banco. Cuando te encuentras a diez metros y ves que no hay moros en la costa, empieza a dibujarse una sonrisa en tu rostro que se apaga bruscamente a los tres metros de llegar a tu destino, pues surge de la nada un individuo que ni siquiera el rabillo de tu ojo había oteado para adelantarse, introducir su tarjeta en la ranurita y pasarse diez minutos haciendo mil y una operaciones, mientras a ti no se te quita la cara de tonto ni con estropajo. En las cajas rápidas sucede lo mismo. Siempre te encuentras a alguien delante de ti que se pasa un cuarto de hora tratando de pagar con una tarjeta que no hay manera de que comunique con el banco. Y la última vez que me ha sucedido esto ha sido ayer, así que no me lo estoy inventando, no. En cuanto a lo de que el tamaño no importa, obviaré cualquier comentario. Esta página la leen niños y mayores.
3) ¿Cuál es la distancia de seguridad que mantienes entre la compra anterior, la barra de "cliente siguiente" y tu compra? ¿Eres de los que tiene miedo a que el de antes de ti te pague tus croquetas o acosas a la pobre barra?
Qué chorrada de pregunta. Me gustaría saber a quién se le ha ocurrido semejante majadería. Derrochar un poco más de imaginación tampoco cuesta tanto, demonios.
4) ¿Alguna vez has sido capaz de guardar los productos a la misma velocidad que la cajera los pasa por el láser o crees que no lo conseguirían ni los de Matrix?
Ciertamente, sí que me he visto en más de una ocasión envuelto en situaciones parecidas a las que describe la cuestión expuesta. La clave está en despegar rápidamente los laterales de las bolsas, algo realmente complejo pues en este caso, el concepto "electricidad estática" adquiere una nueva y deseperante dimensión.
5) ¿Qué le diríais al que tuvo la idea de redistribuir periódicamente los pasillos para que cada 15 días te vuelvas loco al encontrar los zapatos donde antes estaba la leche?
Simplemente le preguntaría cuánto le pagan por mover u ordenar mover objetos. Tal vez gane más que yo y servidor esté haciendo el canelo en una oficina de una multinacional informática. Bueno, al margen de lo que le paguen, sí, es evidente que desde hace tiempo estoy haciendo el canelo en la citada oficina.
Lucio Decumio.
1) ¿Qué prefieres, carrito con hoja de lechuga o con folleto?
Como decía la pregunta es absurda. Pero ya puestos, prefiero el carrito con el folleto. No deja de ser algo más higiénico.
2) ¿Crees en la existencia de las "cajas rápidas" o piensas que es un mito como lo de "el tamaño no importa"?
Lo de las cajas rápidas viene a ser una reedición de lo que suele suceder cuando te acercas al cajero automático de un banco. Cuando te encuentras a diez metros y ves que no hay moros en la costa, empieza a dibujarse una sonrisa en tu rostro que se apaga bruscamente a los tres metros de llegar a tu destino, pues surge de la nada un individuo que ni siquiera el rabillo de tu ojo había oteado para adelantarse, introducir su tarjeta en la ranurita y pasarse diez minutos haciendo mil y una operaciones, mientras a ti no se te quita la cara de tonto ni con estropajo. En las cajas rápidas sucede lo mismo. Siempre te encuentras a alguien delante de ti que se pasa un cuarto de hora tratando de pagar con una tarjeta que no hay manera de que comunique con el banco. Y la última vez que me ha sucedido esto ha sido ayer, así que no me lo estoy inventando, no. En cuanto a lo de que el tamaño no importa, obviaré cualquier comentario. Esta página la leen niños y mayores.
3) ¿Cuál es la distancia de seguridad que mantienes entre la compra anterior, la barra de "cliente siguiente" y tu compra? ¿Eres de los que tiene miedo a que el de antes de ti te pague tus croquetas o acosas a la pobre barra?
Qué chorrada de pregunta. Me gustaría saber a quién se le ha ocurrido semejante majadería. Derrochar un poco más de imaginación tampoco cuesta tanto, demonios.
4) ¿Alguna vez has sido capaz de guardar los productos a la misma velocidad que la cajera los pasa por el láser o crees que no lo conseguirían ni los de Matrix?
Ciertamente, sí que me he visto en más de una ocasión envuelto en situaciones parecidas a las que describe la cuestión expuesta. La clave está en despegar rápidamente los laterales de las bolsas, algo realmente complejo pues en este caso, el concepto "electricidad estática" adquiere una nueva y deseperante dimensión.
5) ¿Qué le diríais al que tuvo la idea de redistribuir periódicamente los pasillos para que cada 15 días te vuelvas loco al encontrar los zapatos donde antes estaba la leche?
Simplemente le preguntaría cuánto le pagan por mover u ordenar mover objetos. Tal vez gane más que yo y servidor esté haciendo el canelo en una oficina de una multinacional informática. Bueno, al margen de lo que le paguen, sí, es evidente que desde hace tiempo estoy haciendo el canelo en la citada oficina.
Lucio Decumio.
Atucha el sectario
El filósofo griego Aristóteles, sin duda uno de los hombres más sabios de la Historia de la Humanidad, vino a decir en una ocasión algo así como que pobre es el discípulo que no deja atrás a su maestro. Tan bella cita ha sido tomada, consciente o inconscientemente, tan al pie de la letra por los actuales dirigentes nacionalistas vascos, que ha sido retorcida y llevada hasta su extremo más abrupto y peligroso. Ni en las ensoñaciones sabinianas más febriles podrían haber tomado cuerpo como lo están tomando, las sucesivas agresiones al Estado de Derecho que está perpetrando el PNV desde sus distintos tentáculos de poder.
Hace un par de días o tres, en una de las sesiones del Parlamento Vasco, órgano de representación política de todos los vascos que ha sido definitivamente secuestrado por el PNV para llevar a buen puerto sus más espurios fines, el presidente de la Cámara y ex-consejero de Interior del Gobierno Vasco, Juan María Atucha, expulsó, en una de las interpretaciones más sectarias y nauseabundas que se recuerdan del reglamento de un parlamento democráticamente elegido, al portavoz del grupo popular en el recinto, el indomable Carlos Iturgáiz.
Este hombre, amenazado de muerte por la banda terrorista ETA desde hace tanto tiempo que ni tan siquiera él mismo debe ser capaz de recordarlo, se ha mantenido siempre firme y valientemente erguido en sus convicciones políticas frente a las amenazas terroristas, frente a sus atentados, frente a sus secuestros y frente a aquellos que en los últimos años, más y más se han ido aproximando y comulgando con las tesis de los criminales para sacar partido y ventaja política de sus sangrientas acciones.
Seguramente todos hemos leído u oído lo sucedido en aquella sesión, pero bueno será recordarlo, para que quede constancia. Joseba Azkárraga, a la sazón consejero de Interior del Gobierno Vasco, acusó a los diputados del Partido Popular, al finalizar una de sus intervenciones en la tribuna de oradores, de ser los herederos del franquismo en el País Vasco. Iturgáiz, que por su actitud en el escaño parecía nadar entre las aguas del hastío, el tedio y la repugnancia por lo que acababa de escuchar, respondió solícito al provocador consejero que si ellos eran herederos del franquismo, él lo era de ETA.
La furibunda reacción del sanedrita Atucha en defensa de su correligionario nacionalista, ha sido contemplada ya por toda España y sólo merece la calificación que destila el propio despropósito cometido al hilo de la respuesta de Iturgáiz ante la acusación de Azkárraga. Atucha expulsó al parlamentario popular, amenazado, agredido, insultado, vituperado y escoltado desde hace años en su propia tierra por haberse distinguido con especial énfasis en la defensa de la idea de un País Vasco libre de la amenaza terrorista y de su totalitarismo racista y excluyente.
Atucha, que jamás se ha atrevido, o mejor dicho, que jamás ha querido expulsar del Parlamento a ningún activista abertzale cuando las barbaridades proferidas por éstos siempre han superado cualitativa y cuantitativamente a las declaraciones que provocaron la expulsión de Iturgáiz, echó a la calle a éste y le sancionó con el máximo castigo que contempla el Reglamento de la Cámara: dos sesiones sin poder acudir a su escaño.
Atucha es un sectario, un prosélito partidista y partidario de los más rancios argumentos racistas y xenófobos defendidos por el fundador de su partido. Empeñado, como decía Aristóteles, en superar a su etnicista maestro, se ha terminado por convertir en el brazo ejecutor de los más escandalosos, desafiantes y desvergonzados episodios de burla peneuvista a las instituciones que representan al Estado de Derecho, del que no olvidemos, emana la propia legitimidad de este sujeto.
Esto tiene que terminar de una vez. No puede haber por más tiempo en España una región en la que se concatenen sistemáticamente los más elementales derechos humanos y ciudadanos, en la que se pisoteen con tanta comodidad como infamia las libertades de los mismos, en la que las instituciones sean un juguete en manos del partido gobernante, en la que las resoluciones judiciales que perjudican a los prebostes nacionalistas y a sus fines sean obviadas reiteradamente, en la que la mitad de la población viva amedrentada y no pueda expresar libremente sus ideas políticas, en la que los amenazados y las víctimas tengan que verse obligados a casi pedir perdón a sus asesinos y a sus verdugos, en la que, en definitiva, el poder ejecutivo se ponga del lado de quienes matan, extorsionan, asaltan y amenazan a un elevadísimo porcentaje de la ciudadanía.
Paz y libertad para todos los vascos con el fin de que todos, absolutamente todos, puedan manifestar en verdadera libertad sus ideas y concurrir en igualdad de oportunidades ante un debate político o ante una convocatoria electoral, por muy descabelladas que sean las propuestas. Que nadie mate, secuestre, amenace o ponga en la diana a sus rivales políticos y si lo hacen, que lo paguen. Y si alguien les ayuda a hacerlo que lo paguen también. Enjuiciamiento y prisión para todos aquellos que impiden, de uno u otro modo, vivir en paz y libertad a cientos de miles de españoles en varias provincias de nuestra Nación, traicionando su esencia y las instituciones que libremente nos concedimos hace tantos años.
Firmeza desde el Gobierno de España y apoyo leal y sin fisuras de la oposición es lo que reclamo a voz en grito.
Lucio Decumio.
Hace un par de días o tres, en una de las sesiones del Parlamento Vasco, órgano de representación política de todos los vascos que ha sido definitivamente secuestrado por el PNV para llevar a buen puerto sus más espurios fines, el presidente de la Cámara y ex-consejero de Interior del Gobierno Vasco, Juan María Atucha, expulsó, en una de las interpretaciones más sectarias y nauseabundas que se recuerdan del reglamento de un parlamento democráticamente elegido, al portavoz del grupo popular en el recinto, el indomable Carlos Iturgáiz.
Este hombre, amenazado de muerte por la banda terrorista ETA desde hace tanto tiempo que ni tan siquiera él mismo debe ser capaz de recordarlo, se ha mantenido siempre firme y valientemente erguido en sus convicciones políticas frente a las amenazas terroristas, frente a sus atentados, frente a sus secuestros y frente a aquellos que en los últimos años, más y más se han ido aproximando y comulgando con las tesis de los criminales para sacar partido y ventaja política de sus sangrientas acciones.
Seguramente todos hemos leído u oído lo sucedido en aquella sesión, pero bueno será recordarlo, para que quede constancia. Joseba Azkárraga, a la sazón consejero de Interior del Gobierno Vasco, acusó a los diputados del Partido Popular, al finalizar una de sus intervenciones en la tribuna de oradores, de ser los herederos del franquismo en el País Vasco. Iturgáiz, que por su actitud en el escaño parecía nadar entre las aguas del hastío, el tedio y la repugnancia por lo que acababa de escuchar, respondió solícito al provocador consejero que si ellos eran herederos del franquismo, él lo era de ETA.
La furibunda reacción del sanedrita Atucha en defensa de su correligionario nacionalista, ha sido contemplada ya por toda España y sólo merece la calificación que destila el propio despropósito cometido al hilo de la respuesta de Iturgáiz ante la acusación de Azkárraga. Atucha expulsó al parlamentario popular, amenazado, agredido, insultado, vituperado y escoltado desde hace años en su propia tierra por haberse distinguido con especial énfasis en la defensa de la idea de un País Vasco libre de la amenaza terrorista y de su totalitarismo racista y excluyente.
Atucha, que jamás se ha atrevido, o mejor dicho, que jamás ha querido expulsar del Parlamento a ningún activista abertzale cuando las barbaridades proferidas por éstos siempre han superado cualitativa y cuantitativamente a las declaraciones que provocaron la expulsión de Iturgáiz, echó a la calle a éste y le sancionó con el máximo castigo que contempla el Reglamento de la Cámara: dos sesiones sin poder acudir a su escaño.
Atucha es un sectario, un prosélito partidista y partidario de los más rancios argumentos racistas y xenófobos defendidos por el fundador de su partido. Empeñado, como decía Aristóteles, en superar a su etnicista maestro, se ha terminado por convertir en el brazo ejecutor de los más escandalosos, desafiantes y desvergonzados episodios de burla peneuvista a las instituciones que representan al Estado de Derecho, del que no olvidemos, emana la propia legitimidad de este sujeto.
Esto tiene que terminar de una vez. No puede haber por más tiempo en España una región en la que se concatenen sistemáticamente los más elementales derechos humanos y ciudadanos, en la que se pisoteen con tanta comodidad como infamia las libertades de los mismos, en la que las instituciones sean un juguete en manos del partido gobernante, en la que las resoluciones judiciales que perjudican a los prebostes nacionalistas y a sus fines sean obviadas reiteradamente, en la que la mitad de la población viva amedrentada y no pueda expresar libremente sus ideas políticas, en la que los amenazados y las víctimas tengan que verse obligados a casi pedir perdón a sus asesinos y a sus verdugos, en la que, en definitiva, el poder ejecutivo se ponga del lado de quienes matan, extorsionan, asaltan y amenazan a un elevadísimo porcentaje de la ciudadanía.
Paz y libertad para todos los vascos con el fin de que todos, absolutamente todos, puedan manifestar en verdadera libertad sus ideas y concurrir en igualdad de oportunidades ante un debate político o ante una convocatoria electoral, por muy descabelladas que sean las propuestas. Que nadie mate, secuestre, amenace o ponga en la diana a sus rivales políticos y si lo hacen, que lo paguen. Y si alguien les ayuda a hacerlo que lo paguen también. Enjuiciamiento y prisión para todos aquellos que impiden, de uno u otro modo, vivir en paz y libertad a cientos de miles de españoles en varias provincias de nuestra Nación, traicionando su esencia y las instituciones que libremente nos concedimos hace tantos años.
Firmeza desde el Gobierno de España y apoyo leal y sin fisuras de la oposición es lo que reclamo a voz en grito.
Lucio Decumio.
24 octubre 2003
Anasagasti escribe sobre el abuelo de Aznar
Como ya he dicho en anteriores ocasiones, yo no entro a valorar el contenido y la validez de una película, un libro o cualquier otra creación artística, si no la he visto, leído o contemplado previamente. En el caso del libro que ha escrito el portavoz en el Parlamento de la Nación del Grupo Parlamentario Vasco, Iñaki Anasagasti, sobre el abuelo del Presidente del Gobierno, José María Aznar, no voy a hacer una excepción.
Desde hace varias semanas se ha hablado largo y tendido en los medios de comunicación sobre la aparición de este volumen que por lo que parece, glosa la vida y milagros del abuelo paterno del Presidente durante unos años en los que, siempre según Anasagasti y su colaborador Erkoreka -el apellido parece sacado de algún refresco de cola vasco, vendido en Eroski, preferentemente- Manuel Aznar simpatizó con la causa nacionalista vasca y hasta con el propio fundador del PNV, el infausto Sabino Arana.
Hace un par de días, estos dos políticos de medio pelo -especialmente el más conocido de los dos- metidos a biógrafos mantuvieron una charla cibernética con los internautas de "El Mundo". Estas chácharas suelen dar mucho de sí y arrojar datos muy reveladores sobre la personalidad y las opiniones de los cuestionados. En el caso que nos ocupa, no ha sido diferente, así que pasaré a señalar alguna de las declaraciones de ambos en el trascurso de la conversación sostenida con los lectores del diario.
-Anasagasti a un lector: "Si leyese usted el libro, observaría cuanto de lo que ahora se dice contra el nacionalismo vasco se decía ya, hace muchas décadas, en España".
Al respecto, yo le preguntaría al señor Anasagasti si no le da que pensar el hecho de que se sigan escuchando contra el nacionalismo muchas de las cosas que se decían en España hace 70 u 80 años.
-Un lector acusa a Anasagasti de que el PNV ha perdido el norte, sobre todo en el seno de una Unión Europea que tiende a la eliminación de fronteras y a la igualdad entre sus ciudadanos, a lo que el nacionalista montaraz responde con la mala fe que caracteriza a un racista furibundo como él: "Que sepamos, el único que ha luchado denodadamente en el seno de la Unión Europea para mantener a ultranza las fronteras actuales, es el presidente del Gobierno. Nosotros y en el libro aparece claramente reflejado, nunca hemos compartido las actuales fronteras europeas. Manuel Aznar, natural de Etxalar, en la frontera, nunca entendió aquella frontera que pretendía desgarrar un territorio en el que la hierba crecía por igual en ambas partes".
-En este párrafo, Anasagasti invierte conscientemente la carga de la culpa y acusa muy poco veladamente a Aznar de ser un aldeano que se refugia en su terruño y que no quiere ver más allá. En cambio, presenta muy solapadamente al PNV, con la amplitud de miras que ha caracterizado siempre a este partido, como un impenitente luchador por la disolución romántica e idílica de unas fronteras establecidas por estados totalitarios, que dividieron malévolamente los campos y las montañas por líneas fronterizas imaginarias con el fin de quebrar la armonía y la concordia del pacífico pueblo vasco. Entran ganas de vomitar.
-Anasagasti: "Aznar no conoce de verdad la historia de su abuelo. Lo que Aznar Zubigaray decía ayer, en nombre del nacionalismo vasco, no difiere excesivamente de lo que nosotros decimos hoy. Si el presidente hubiese hecho un mínimo esfuerzo en comprender aquellas posiciones de su antecesor, hoy a buen seguro, actuaría de otra manera con un movimiento que le precedió y que, a buen seguro, le sobrevivirá".
Nueva muestra de mala fe y de interpretación retorcida de una realidad que ni tan siquiera conoció. Pero, ¿quién le dice a este cretino que si Aznar nieto hubiera conocido mejor al Aznar abuelo, el primero habría entendido mejor el problema vasco? Yo conozco perfectamente a mi padre y le quiero mucho, pero es del Atleti lo que no obsta para que yo sea del Real Madrid, pudiendo ser padre e hijo y diferir en cuestiones de filias y fobias. Cuando le interesa, relaciona consanguinidad con ideología y cuando no -caso palmario es el de Arzallus, cuyo padre fue chófer de Franco durante la Guerra Civil- descarta de plano tal razonamiento.
-Otro lector pregunta a Anasagasti lo siguiente: "Yo no le veo nada malo a que Aznar tuviese un abuelo nacionalista, al contrario a los vascos constitucionalistas nos enorgullece, a mi abuelo le enterraron con una ikurriña y cantando el Agur Jaunak, yo he salido vasco y español. Si acaso esto prueba que Aznar conoce muy bien el problema vasco.
-Y el manipulador contesta lo que sigue: "¿Quien ha dicho que el hecho de que el abuelo de Aznar fuese nacionalista vasco fuese malo? Al contrario, a buen seguro, la mejor parte de su vida, aquella en la que se comprometió más altruistamente y en favor de valores más elevados, es la nacionalista vasca. Después, cuando cerró filas con el franquismo, hizo elogios de Hitler y defendió planteamientos antisemistas. El problema del actual presidente del Gobierno es que ignora la primera fase de su abuelo. De ahí lo poco y lo mal que sabe del tema vasco. Y con asesores como los que tiene...francamente...no creemos que la situación vaya a cambiar".
Anasagasti vuelve a retorcer el contenido de una pregunta para adaptarla a sus necesidades. El lector le dice que no considera malo que Aznar tuviese un abuelo nacionalista, pero el portavoz peneuvista que, o es muy tonto y no entiende lo que le preguntan, o es muy sibilino y trata de intoxicar a la primera que se le presenta, responde diciendo que no tiene nada de malo que el abuelo fuera nacionalista. Claro que no tiene nada de malo, señor Anasagasti, como no hay nada de malo en ser bajito, gordo, feo y calvo. O acaso, ¿es lo mismo que yo no tenga que ser juzgado por los crímenes de mi abuelo, a que no tenga nada de malo que mi abuelo fuera un criminal? ¿Distingue usted el matiz o no, señor Anasagasti?
Y así una tras otra. Haré mención a una de sus últimas perlas de la charla.
-Anasagasti: "Dijo el malogrado Ernest Lluch que el nacionalismo manufacturado en el País Vasco ha sido cuantitativa y cualitativamente más intenso en el lado nacionalista que en el vasquista. El nacionalismo español más acendrado, agresivo e intolerante ha encontrado, siempre, destacados valedores en el País Vasco. Vascos fueron, entre otros, Maeztu, Víctor Pradera, Sanchez Mazas, Valdes Larrañaga, Aizpurúa y Azqueta, Jacinto Miquelarena, y el autor de la música del cara al sol, el maestro Tellería. Por tanto, ¿qué quiere que le digamos?"
Penúltima bajeza de este individuo infecto e infeccioso. En primer lugar, el "malogrado" Ernest Lluch no falleció en un accidente de tráfico o de un ataque al corazón. Le descerrajó dos tiros en la cabeza un escualo etarra, sí señor Anasagasti, un chacal abertzale de esos a los que tanto gusta su partido de defender políticamente, proteger jurídicamente y subvencionar a sus familias para que le visiten cuando esté en prisión. Con ese asesinato, ETA quiso demostrar que ni tan siquiera aquellos que se mostraban más condescendientes con las tesis abertzales, estaban a salvo del plomo y de la dinamita de sus comandos. Y hasta donde yo sé, ni Maeztu, ni Víctor Pradera, ni Sánchez Mazas ni ninguno de los vascos que usted enumera, mató a nadie, ni apoyó sin disimulo a quienes mataban y atemorizaban a sus conciudadanos. Algo que sus amigos etarras y ustedes mismos, vienen haciendo desde hace casi cuarenta años.
Y no me extiendo más, que me pongo enfermo. Sólo una cuestión adicional. He sido lo suficientemente magnánimo como para tratar de corregir las numerosas faltas de ortografía y de puntuación cometidas por estos dos personajes, pero es posible que alguna se me haya pasado, por lo que pido encendidas disculpas a mis lectores.
Lucio Decumio.
Desde hace varias semanas se ha hablado largo y tendido en los medios de comunicación sobre la aparición de este volumen que por lo que parece, glosa la vida y milagros del abuelo paterno del Presidente durante unos años en los que, siempre según Anasagasti y su colaborador Erkoreka -el apellido parece sacado de algún refresco de cola vasco, vendido en Eroski, preferentemente- Manuel Aznar simpatizó con la causa nacionalista vasca y hasta con el propio fundador del PNV, el infausto Sabino Arana.
Hace un par de días, estos dos políticos de medio pelo -especialmente el más conocido de los dos- metidos a biógrafos mantuvieron una charla cibernética con los internautas de "El Mundo". Estas chácharas suelen dar mucho de sí y arrojar datos muy reveladores sobre la personalidad y las opiniones de los cuestionados. En el caso que nos ocupa, no ha sido diferente, así que pasaré a señalar alguna de las declaraciones de ambos en el trascurso de la conversación sostenida con los lectores del diario.
-Anasagasti a un lector: "Si leyese usted el libro, observaría cuanto de lo que ahora se dice contra el nacionalismo vasco se decía ya, hace muchas décadas, en España".
Al respecto, yo le preguntaría al señor Anasagasti si no le da que pensar el hecho de que se sigan escuchando contra el nacionalismo muchas de las cosas que se decían en España hace 70 u 80 años.
-Un lector acusa a Anasagasti de que el PNV ha perdido el norte, sobre todo en el seno de una Unión Europea que tiende a la eliminación de fronteras y a la igualdad entre sus ciudadanos, a lo que el nacionalista montaraz responde con la mala fe que caracteriza a un racista furibundo como él: "Que sepamos, el único que ha luchado denodadamente en el seno de la Unión Europea para mantener a ultranza las fronteras actuales, es el presidente del Gobierno. Nosotros y en el libro aparece claramente reflejado, nunca hemos compartido las actuales fronteras europeas. Manuel Aznar, natural de Etxalar, en la frontera, nunca entendió aquella frontera que pretendía desgarrar un territorio en el que la hierba crecía por igual en ambas partes".
-En este párrafo, Anasagasti invierte conscientemente la carga de la culpa y acusa muy poco veladamente a Aznar de ser un aldeano que se refugia en su terruño y que no quiere ver más allá. En cambio, presenta muy solapadamente al PNV, con la amplitud de miras que ha caracterizado siempre a este partido, como un impenitente luchador por la disolución romántica e idílica de unas fronteras establecidas por estados totalitarios, que dividieron malévolamente los campos y las montañas por líneas fronterizas imaginarias con el fin de quebrar la armonía y la concordia del pacífico pueblo vasco. Entran ganas de vomitar.
-Anasagasti: "Aznar no conoce de verdad la historia de su abuelo. Lo que Aznar Zubigaray decía ayer, en nombre del nacionalismo vasco, no difiere excesivamente de lo que nosotros decimos hoy. Si el presidente hubiese hecho un mínimo esfuerzo en comprender aquellas posiciones de su antecesor, hoy a buen seguro, actuaría de otra manera con un movimiento que le precedió y que, a buen seguro, le sobrevivirá".
Nueva muestra de mala fe y de interpretación retorcida de una realidad que ni tan siquiera conoció. Pero, ¿quién le dice a este cretino que si Aznar nieto hubiera conocido mejor al Aznar abuelo, el primero habría entendido mejor el problema vasco? Yo conozco perfectamente a mi padre y le quiero mucho, pero es del Atleti lo que no obsta para que yo sea del Real Madrid, pudiendo ser padre e hijo y diferir en cuestiones de filias y fobias. Cuando le interesa, relaciona consanguinidad con ideología y cuando no -caso palmario es el de Arzallus, cuyo padre fue chófer de Franco durante la Guerra Civil- descarta de plano tal razonamiento.
-Otro lector pregunta a Anasagasti lo siguiente: "Yo no le veo nada malo a que Aznar tuviese un abuelo nacionalista, al contrario a los vascos constitucionalistas nos enorgullece, a mi abuelo le enterraron con una ikurriña y cantando el Agur Jaunak, yo he salido vasco y español. Si acaso esto prueba que Aznar conoce muy bien el problema vasco.
-Y el manipulador contesta lo que sigue: "¿Quien ha dicho que el hecho de que el abuelo de Aznar fuese nacionalista vasco fuese malo? Al contrario, a buen seguro, la mejor parte de su vida, aquella en la que se comprometió más altruistamente y en favor de valores más elevados, es la nacionalista vasca. Después, cuando cerró filas con el franquismo, hizo elogios de Hitler y defendió planteamientos antisemistas. El problema del actual presidente del Gobierno es que ignora la primera fase de su abuelo. De ahí lo poco y lo mal que sabe del tema vasco. Y con asesores como los que tiene...francamente...no creemos que la situación vaya a cambiar".
Anasagasti vuelve a retorcer el contenido de una pregunta para adaptarla a sus necesidades. El lector le dice que no considera malo que Aznar tuviese un abuelo nacionalista, pero el portavoz peneuvista que, o es muy tonto y no entiende lo que le preguntan, o es muy sibilino y trata de intoxicar a la primera que se le presenta, responde diciendo que no tiene nada de malo que el abuelo fuera nacionalista. Claro que no tiene nada de malo, señor Anasagasti, como no hay nada de malo en ser bajito, gordo, feo y calvo. O acaso, ¿es lo mismo que yo no tenga que ser juzgado por los crímenes de mi abuelo, a que no tenga nada de malo que mi abuelo fuera un criminal? ¿Distingue usted el matiz o no, señor Anasagasti?
Y así una tras otra. Haré mención a una de sus últimas perlas de la charla.
-Anasagasti: "Dijo el malogrado Ernest Lluch que el nacionalismo manufacturado en el País Vasco ha sido cuantitativa y cualitativamente más intenso en el lado nacionalista que en el vasquista. El nacionalismo español más acendrado, agresivo e intolerante ha encontrado, siempre, destacados valedores en el País Vasco. Vascos fueron, entre otros, Maeztu, Víctor Pradera, Sanchez Mazas, Valdes Larrañaga, Aizpurúa y Azqueta, Jacinto Miquelarena, y el autor de la música del cara al sol, el maestro Tellería. Por tanto, ¿qué quiere que le digamos?"
Penúltima bajeza de este individuo infecto e infeccioso. En primer lugar, el "malogrado" Ernest Lluch no falleció en un accidente de tráfico o de un ataque al corazón. Le descerrajó dos tiros en la cabeza un escualo etarra, sí señor Anasagasti, un chacal abertzale de esos a los que tanto gusta su partido de defender políticamente, proteger jurídicamente y subvencionar a sus familias para que le visiten cuando esté en prisión. Con ese asesinato, ETA quiso demostrar que ni tan siquiera aquellos que se mostraban más condescendientes con las tesis abertzales, estaban a salvo del plomo y de la dinamita de sus comandos. Y hasta donde yo sé, ni Maeztu, ni Víctor Pradera, ni Sánchez Mazas ni ninguno de los vascos que usted enumera, mató a nadie, ni apoyó sin disimulo a quienes mataban y atemorizaban a sus conciudadanos. Algo que sus amigos etarras y ustedes mismos, vienen haciendo desde hace casi cuarenta años.
Y no me extiendo más, que me pongo enfermo. Sólo una cuestión adicional. He sido lo suficientemente magnánimo como para tratar de corregir las numerosas faltas de ortografía y de puntuación cometidas por estos dos personajes, pero es posible que alguna se me haya pasado, por lo que pido encendidas disculpas a mis lectores.
Lucio Decumio.
22 octubre 2003
China y Taiwán II
Creo que ayer me extendí demasiado sobre China, su programa espacial, sus avances tecnológicos y el resquemor que ello debería despertar en las cancillerías occidentales. Pero bueno, allá cada cual con lo suyo.
Había metido a Taiwán en todo este “fregao” porque hace unos días, tuvimos conocimiento de que en la capital de la antigua Formosa se está levantando y están a punto de finalizar las obras del que será -bueno, ya es- el rascacielos más alto de la Tierra. Una pasada arquitectónica de 508 metros de altura que albergará oficinas, viviendas, centros de ocio, la Bolsa de Taiwán, bancos y demás servicios y hasta un total de 12.000 personas, que podrán convivir y trabajar a un tiempo en tan singular y majestuosa construcción.
Mi propia y reconocida incapacidad para la ciencias más técnicas no obsta para que reconozca, alabe y envidie la obra de aquellos que son capaces de diseñar, levantar y darle vida a estructuras civiles de este calibre. No dejo de asombrarme ante la audacia y la inteligencia de arquitectos, ingenieros de caminos, canales, puertos y demás individuos que con la sola ayuda de las matemáticas y de su imaginación, son capaces de concebir y plasmar estas construcciones.
Me vuelvo a desviar del hilo argumental que me trajo hasta aquí y que no era otro que mi encendido convencimiento de que este tipo de edificios puede ser y debería ser la solución a los problemas de espacio que acucian a las grandes ciudades, incluidas las españolas. Y ahí señalo a Madrid con especial énfasis. Hace unos años, leía que países como Japón y Corea estudiaban la posibilidad de construir edificios de un kilómetro de altura e incluso más, con la finalidad de solucionar sus graves problemas de densidad de población.
Aunque parezca una barbaridad, a mí no me da esa sensación. Y en países tan inestables y peligrosos, desde la perspectiva sísmica como Japón, aún podría antojársenos como una peligrosa alternativa, pero Madrid, donde la máxima actividad telúrica de que se tiene constancia la produjo hace unos años la caída de un suicida con sobrepeso desde el viaducto, los edificios kilométricos o medio-kilométricos pueden ser una opción muy a tener en cuenta.
¿No sería mejor uno, dos o cinco edificios de estas características en nuestra capital antes que la construcción de múltiples barrios que se extendieran por una superficie mucho mayor, aumentando el caos urbanístico y causando más daños ambientales?
Soy lego en estas materias, lo reconozco, pero yo creo que puede ser una opción arquitectónica y urbana razonable.
Lucio Decumio.
Había metido a Taiwán en todo este “fregao” porque hace unos días, tuvimos conocimiento de que en la capital de la antigua Formosa se está levantando y están a punto de finalizar las obras del que será -bueno, ya es- el rascacielos más alto de la Tierra. Una pasada arquitectónica de 508 metros de altura que albergará oficinas, viviendas, centros de ocio, la Bolsa de Taiwán, bancos y demás servicios y hasta un total de 12.000 personas, que podrán convivir y trabajar a un tiempo en tan singular y majestuosa construcción.
Mi propia y reconocida incapacidad para la ciencias más técnicas no obsta para que reconozca, alabe y envidie la obra de aquellos que son capaces de diseñar, levantar y darle vida a estructuras civiles de este calibre. No dejo de asombrarme ante la audacia y la inteligencia de arquitectos, ingenieros de caminos, canales, puertos y demás individuos que con la sola ayuda de las matemáticas y de su imaginación, son capaces de concebir y plasmar estas construcciones.
Me vuelvo a desviar del hilo argumental que me trajo hasta aquí y que no era otro que mi encendido convencimiento de que este tipo de edificios puede ser y debería ser la solución a los problemas de espacio que acucian a las grandes ciudades, incluidas las españolas. Y ahí señalo a Madrid con especial énfasis. Hace unos años, leía que países como Japón y Corea estudiaban la posibilidad de construir edificios de un kilómetro de altura e incluso más, con la finalidad de solucionar sus graves problemas de densidad de población.
Aunque parezca una barbaridad, a mí no me da esa sensación. Y en países tan inestables y peligrosos, desde la perspectiva sísmica como Japón, aún podría antojársenos como una peligrosa alternativa, pero Madrid, donde la máxima actividad telúrica de que se tiene constancia la produjo hace unos años la caída de un suicida con sobrepeso desde el viaducto, los edificios kilométricos o medio-kilométricos pueden ser una opción muy a tener en cuenta.
¿No sería mejor uno, dos o cinco edificios de estas características en nuestra capital antes que la construcción de múltiples barrios que se extendieran por una superficie mucho mayor, aumentando el caos urbanístico y causando más daños ambientales?
Soy lego en estas materias, lo reconozco, pero yo creo que puede ser una opción arquitectónica y urbana razonable.
Lucio Decumio.
21 octubre 2003
China y Taiwán
No queridos lectores, no me voy a detener en el remoto pero latente conflicto que sostienen ambos países. Para los más jóvenes o incluso aquellos que estén algo desinformados sobre la realidad política internacional, apuntaré brevemente que la China Continental, Gran Muralla incluida y la China Insular –Taiwán, antigua Formosa- eran la misma nación hasta que la Revolución Cultural de Mao Tse Tung triunfó en Pekín y provincias continentales y los derrotados nacionalistas de Chiang Kai Check hubieron de retirarse a la citada ínsula para lamer sus heridas y establecerse como estado independiente de la China comunista.
El apoyo norteamericano ha permitido la pervivencia durante los últimos 50 ó 60 años de Taiwán como nación autónoma, pero obviamente, eso no le ha permitido ser reconocida como tal por sus poderosos hermanos. De ahí han derivado multitud de enfrentamientos fronterizos e incluso varios cañonazos entre ambos países, que afortunadamente no han pasado a mayores porque de haber sido así, la implicación americana habría tenido mayor calibre y las posibilidades de una guerra a gran escala, se hubieran incrementado notablemente.
En fin, después de las avanzadas y gratuitas lecciones de historia impartidas por Lucio Decumio, voy a lo que iba.
China ha lanzado recientemente a su primer hombre al espacio. No sé cómo lo denominarán allí. Los americanos eran y son astronautas, los soviéticos cosmonautas y los chinos, pues no tengo ni idea, imagino que les llamarán “chinonautas”. Total, que resulta curioso y chocante el hecho de que una nación como la que nos ocupa haya desarrollado la capacidad de enviar un ser humano al espacio exterior, cuando tantas y tantas de sus provincias y tantos millones de sus habitantes, se encuentran sumidos en la más absoluta pobreza, cuando no miseria.
Cierto es que a nadie se nos puede escapar que China se está convirtiendo a pasos agigantados en la segunda superpotencia del planeta y en breve, 10, 15 años tal vez, puede que sea la primera. Potencial humano, recursos naturales y medios técnicos e intelectuales seguro que no le van a faltar para lograr esa meta.
Pero hay un contrasentido en todo esto. China sigue recibiendo cuantiosas ayudas al desarrollo por parte de algunas de las potencias más destacadas del orbe, como es el caso de los Estados Unidos, para quienes sigue gozando de la cláusula de nación comercial y económicamente más favorecida. Asimismo, su poderoso y muy receloso vecino nipón, ha denunciado internamente este disparate, pues un país que gasta cientos de millones de dólares en su programa espacial, no debería considerarse de puertas hacia fuera como una nación dependiente de esas ayudas.
Yo tengo una teoría, cómo no y es que al gobierno chino, que por la particular aplicación de la ideología y la filosofía que sustentan su poder, aún conculca sistemáticamente los más elementales derechos humanos, civiles y políticos de su población, le dan igual unos cuantos miles, incluso millones de vidas de compatriotas, si eso les alfombra el camino para la consecución de sus objetivos expansionistas. Y no me extrañaría que muchos de los fondos de ayuda al desarrollo que recibe el gigante de ojos rasgados, sean derivados por éste hacia asuntos y tareas que poco o nada tengan que ver con la mejora de la calidad de vida de las zonas más desfavorecidas de la nación. Las dictaduras hacen y deshacen a su antojo y una tan poderosa como la china, seguro que más que ninguna.
Habrá que tener mucho cuidado y ojo con China. Su formidable fuerza demográfica puede permitirle a su vetusto y sangriento régimen alcanzar cualquier fin que se propongan aun a costa de las vidas de las que hablaba previamente. Hasta que este país no sea un estado plenamente democrático y respetuoso con los derechos humanos, yo no me voy a fiar, por mucho que me insistan en ello, de que sus avances tecnológicos y científicos tienen lugar con fines pacíficos.
Y en otro momento diré lo que iba a decir sobre Taiwán, que hoy se me está haciendo un poco tarde ya.
Lucio Decumio.
El apoyo norteamericano ha permitido la pervivencia durante los últimos 50 ó 60 años de Taiwán como nación autónoma, pero obviamente, eso no le ha permitido ser reconocida como tal por sus poderosos hermanos. De ahí han derivado multitud de enfrentamientos fronterizos e incluso varios cañonazos entre ambos países, que afortunadamente no han pasado a mayores porque de haber sido así, la implicación americana habría tenido mayor calibre y las posibilidades de una guerra a gran escala, se hubieran incrementado notablemente.
En fin, después de las avanzadas y gratuitas lecciones de historia impartidas por Lucio Decumio, voy a lo que iba.
China ha lanzado recientemente a su primer hombre al espacio. No sé cómo lo denominarán allí. Los americanos eran y son astronautas, los soviéticos cosmonautas y los chinos, pues no tengo ni idea, imagino que les llamarán “chinonautas”. Total, que resulta curioso y chocante el hecho de que una nación como la que nos ocupa haya desarrollado la capacidad de enviar un ser humano al espacio exterior, cuando tantas y tantas de sus provincias y tantos millones de sus habitantes, se encuentran sumidos en la más absoluta pobreza, cuando no miseria.
Cierto es que a nadie se nos puede escapar que China se está convirtiendo a pasos agigantados en la segunda superpotencia del planeta y en breve, 10, 15 años tal vez, puede que sea la primera. Potencial humano, recursos naturales y medios técnicos e intelectuales seguro que no le van a faltar para lograr esa meta.
Pero hay un contrasentido en todo esto. China sigue recibiendo cuantiosas ayudas al desarrollo por parte de algunas de las potencias más destacadas del orbe, como es el caso de los Estados Unidos, para quienes sigue gozando de la cláusula de nación comercial y económicamente más favorecida. Asimismo, su poderoso y muy receloso vecino nipón, ha denunciado internamente este disparate, pues un país que gasta cientos de millones de dólares en su programa espacial, no debería considerarse de puertas hacia fuera como una nación dependiente de esas ayudas.
Yo tengo una teoría, cómo no y es que al gobierno chino, que por la particular aplicación de la ideología y la filosofía que sustentan su poder, aún conculca sistemáticamente los más elementales derechos humanos, civiles y políticos de su población, le dan igual unos cuantos miles, incluso millones de vidas de compatriotas, si eso les alfombra el camino para la consecución de sus objetivos expansionistas. Y no me extrañaría que muchos de los fondos de ayuda al desarrollo que recibe el gigante de ojos rasgados, sean derivados por éste hacia asuntos y tareas que poco o nada tengan que ver con la mejora de la calidad de vida de las zonas más desfavorecidas de la nación. Las dictaduras hacen y deshacen a su antojo y una tan poderosa como la china, seguro que más que ninguna.
Habrá que tener mucho cuidado y ojo con China. Su formidable fuerza demográfica puede permitirle a su vetusto y sangriento régimen alcanzar cualquier fin que se propongan aun a costa de las vidas de las que hablaba previamente. Hasta que este país no sea un estado plenamente democrático y respetuoso con los derechos humanos, yo no me voy a fiar, por mucho que me insistan en ello, de que sus avances tecnológicos y científicos tienen lugar con fines pacíficos.
Y en otro momento diré lo que iba a decir sobre Taiwán, que hoy se me está haciendo un poco tarde ya.
Lucio Decumio.
20 octubre 2003
Fútbol, mentiras y cintas de vídeo
Me gusta el fútbol. Siempre me ha gustado y supongo que siempre me gustará, como juego y como deporte. Sin embargo, cuando muchos de los miserables que lo dirigen y lo presiden lo utilizan como arma arrojadiza contra algún pretendido rival administrativo, territorial o político, ya me gusta menos. Cuando se enarbolan banderas que buscan la desunión y el enfrentamiento entre comunidades o regiones, me gusta mucho menos. Cuando sirve de válvula de escape a las frustraciones acumuladas de algunos retrasados que acuden a los estadios envueltos en parafernalias y símbolos anticonstitucionales, empiezo a aborrecerlo. Y cuando, algunos mandamases buscan justificarse en sus sillones y tratan de politiquear a costa de los sentimientos y de las filias de los aficionados que siguen a los equipos de sus amores, entonces y sólo entonces, detesto este deporte y lo que le rodea.
Una de las cosas que desde el modesto prisma que me sirve para ver la realidad que me rodea, más ha contribuido al enfrentamiento y al enconamiento entre las aficiones de algunos equipos antes hermanados y armonizados, es la utilización masiva e indiscriminada por parte de los dirigentes de los equipos teóricamente perjudicados en un partido de fútbol, de los mil ángulos que recogen las grabaciones tomadas de ese encuentro por las cámaras de televisión.
Desde que existe este deporte, las marrullerías, los fingimientos, los disimulos y las tretas que han llevado a cabo los futbolistas durante un encuentro, han sido moneda común y aceptada por los mismos. El objetivo, tratar de desconcentrar a tu rival para obtener el máximo provecho. Es una regla no escrita del fútbol. Cientos de veces hemos escuchado decir a los jugadores que un partido dura 90 minutos, para lo bueno y para lo malo y que una vez finalizado, todos tan amigos. Eso quiere decir, traducido al lenguaje de aquellos que hayan jugado o participado de este pasatiempo poco o nada, que los codazos, los insultos, los empujones, las patadas, los salivazos y los agarrones siempre han existido, existen y existirán, pero que han de quedar circunscritos a esos noventa minutos.
Aunque las cámaras de televisión demuestren posteriormente lo contrario, lo que sucede en un partido es lo que el acta redactada y firmada por el árbitro registra. Y punto. Y eso que no me estoy deteniendo en versar la cantidad de errores arbitrales que se producen a lo largo de un encuentro, pues en caso contrario no pararía de escribir hasta que me sangraran las yemas de los dedos. El árbitro es un humano y como tal, se equivoca, pese a que haya ocasiones -las menos- en que sus decisiones a la hora de enjuiciar los hechos que suceden en un partido de fútbol se vean condicionadas por aspectos que no estén directamente relacionados con las reglas del juego.
Sin embargo, desde hace unos años, los presidentes de los clubes han encontrado un filón en las imágenes que graban las doscientas cámaras de televisión que se sitúan en los recodos más insospechados de un estadio y que captan cualquier gesto, movimiento y palabra realizado o pronunciada por un jugador, así como las mil pifias o confusiones cometidas por el árbitro. Buscan al escudarse indiscriminadamente en estas tomas, una justificación a las derrotas o a su pésima gestión al frente de los equipos, sin darse cuenta –o si se la dan, no les importa- de que esa utilización torticera de las imágenes genera un profundo malestar tanto en quienes teóricamente han padecido de las artimañas de los rivales y de los errores arbitrales, como en los rivales mismos y en los propios jueces.
Cuando el equipo cuyo delantero propinó un codazo a un defensa del equipo local, vuelve al estadio de éste para disputar otro encuentro, la recepción que se le tributa a ese club y a ese jugador, se encuentra en las antípodas de lo que se podría calificar como cálida bienvenida. Y si es el árbitro que “escamoteó” un penalti o que expulsó al niño bonito del equipo local el que vuelve al estadio de sus desaciertos, apaga y vámonos. De ahí en adelante, las cosas sólo van a peor.
Esta paranoica utilización de hasta la más mínima instantánea grabada en un partido de fútbol está convirtiendo a este deporte en una maloliente fosa de acusaciones y de declaraciones cruzadas entre dirigentes, entrenadores y ocasionalmente jugadores, que termina revirtiendo dramáticamente en el comportamiento de algunos espectadores que como digo, rebozados en su propio retraso mental y en su inmundicia intelectual, son incapaces de discernir entre el bien y el mal cuando se ven amparados y cobijados por el anonimato que les confiere la muchedumbre, llegando a verse capaces de cometer cualquier barbaridad.
Las imágenes grabadas de un partido de fútbol no pueden servir, al igual que no sirven para alterar un resultado final, para modificar el transcurso posterior de la competición sancionando a equipos o jugadores al respecto de acciones cometidas durante el encuentro y que no han sido recogidas en el acta arbitral. Por mucho que sangre la nariz de un jugador tras la agresión de un futbolista contrario, aquél no debería padecer castigo alguno si el árbitro de la contienda no se ha apercibido del hecho. Del único modo correcto en que podrían usarse las imágenes de un partido sería durante el desarrollo del mismo, para sancionar o enmendar sobre la marcha, nunca a posteriori.
Tal vez el problema se encuentre ahí, en que un señor de negro cuya media de edad es 10 ó 15 años superior a los jugadores que debe controlar, se tenga que valer en exclusiva de su vista y un físico notoriamente inferior para gobernar el buen devenir de las acciones de 22 tipos que corren como demonios y que se las saben todas.
Yo digo una cosa. Si en el baloncesto hay tres árbitros para diez jugadores, si en el tenis hay un juez de silla y seis u ocho jueces de línea para dos contendientes, ¿por qué razón en el fútbol sólo hay un árbitro y dos jueces de línea cuando la valoración de tantas y tantas acciones en un mismo encuentro depende de la decisión que se tome en milésimas de segundo y que muchas veces el ojo humano es incapaz de captar?
Resumiendo; o se ponen más árbitros y se les intercomunica para hacer más efectiva su labor o al cuarto árbitro le dan un monitor y una consola de vídeo para enjuiciar el desarrollo de las jugadas más conflictivas sobre la marcha.
Lucio Decumio.
Una de las cosas que desde el modesto prisma que me sirve para ver la realidad que me rodea, más ha contribuido al enfrentamiento y al enconamiento entre las aficiones de algunos equipos antes hermanados y armonizados, es la utilización masiva e indiscriminada por parte de los dirigentes de los equipos teóricamente perjudicados en un partido de fútbol, de los mil ángulos que recogen las grabaciones tomadas de ese encuentro por las cámaras de televisión.
Desde que existe este deporte, las marrullerías, los fingimientos, los disimulos y las tretas que han llevado a cabo los futbolistas durante un encuentro, han sido moneda común y aceptada por los mismos. El objetivo, tratar de desconcentrar a tu rival para obtener el máximo provecho. Es una regla no escrita del fútbol. Cientos de veces hemos escuchado decir a los jugadores que un partido dura 90 minutos, para lo bueno y para lo malo y que una vez finalizado, todos tan amigos. Eso quiere decir, traducido al lenguaje de aquellos que hayan jugado o participado de este pasatiempo poco o nada, que los codazos, los insultos, los empujones, las patadas, los salivazos y los agarrones siempre han existido, existen y existirán, pero que han de quedar circunscritos a esos noventa minutos.
Aunque las cámaras de televisión demuestren posteriormente lo contrario, lo que sucede en un partido es lo que el acta redactada y firmada por el árbitro registra. Y punto. Y eso que no me estoy deteniendo en versar la cantidad de errores arbitrales que se producen a lo largo de un encuentro, pues en caso contrario no pararía de escribir hasta que me sangraran las yemas de los dedos. El árbitro es un humano y como tal, se equivoca, pese a que haya ocasiones -las menos- en que sus decisiones a la hora de enjuiciar los hechos que suceden en un partido de fútbol se vean condicionadas por aspectos que no estén directamente relacionados con las reglas del juego.
Sin embargo, desde hace unos años, los presidentes de los clubes han encontrado un filón en las imágenes que graban las doscientas cámaras de televisión que se sitúan en los recodos más insospechados de un estadio y que captan cualquier gesto, movimiento y palabra realizado o pronunciada por un jugador, así como las mil pifias o confusiones cometidas por el árbitro. Buscan al escudarse indiscriminadamente en estas tomas, una justificación a las derrotas o a su pésima gestión al frente de los equipos, sin darse cuenta –o si se la dan, no les importa- de que esa utilización torticera de las imágenes genera un profundo malestar tanto en quienes teóricamente han padecido de las artimañas de los rivales y de los errores arbitrales, como en los rivales mismos y en los propios jueces.
Cuando el equipo cuyo delantero propinó un codazo a un defensa del equipo local, vuelve al estadio de éste para disputar otro encuentro, la recepción que se le tributa a ese club y a ese jugador, se encuentra en las antípodas de lo que se podría calificar como cálida bienvenida. Y si es el árbitro que “escamoteó” un penalti o que expulsó al niño bonito del equipo local el que vuelve al estadio de sus desaciertos, apaga y vámonos. De ahí en adelante, las cosas sólo van a peor.
Esta paranoica utilización de hasta la más mínima instantánea grabada en un partido de fútbol está convirtiendo a este deporte en una maloliente fosa de acusaciones y de declaraciones cruzadas entre dirigentes, entrenadores y ocasionalmente jugadores, que termina revirtiendo dramáticamente en el comportamiento de algunos espectadores que como digo, rebozados en su propio retraso mental y en su inmundicia intelectual, son incapaces de discernir entre el bien y el mal cuando se ven amparados y cobijados por el anonimato que les confiere la muchedumbre, llegando a verse capaces de cometer cualquier barbaridad.
Las imágenes grabadas de un partido de fútbol no pueden servir, al igual que no sirven para alterar un resultado final, para modificar el transcurso posterior de la competición sancionando a equipos o jugadores al respecto de acciones cometidas durante el encuentro y que no han sido recogidas en el acta arbitral. Por mucho que sangre la nariz de un jugador tras la agresión de un futbolista contrario, aquél no debería padecer castigo alguno si el árbitro de la contienda no se ha apercibido del hecho. Del único modo correcto en que podrían usarse las imágenes de un partido sería durante el desarrollo del mismo, para sancionar o enmendar sobre la marcha, nunca a posteriori.
Tal vez el problema se encuentre ahí, en que un señor de negro cuya media de edad es 10 ó 15 años superior a los jugadores que debe controlar, se tenga que valer en exclusiva de su vista y un físico notoriamente inferior para gobernar el buen devenir de las acciones de 22 tipos que corren como demonios y que se las saben todas.
Yo digo una cosa. Si en el baloncesto hay tres árbitros para diez jugadores, si en el tenis hay un juez de silla y seis u ocho jueces de línea para dos contendientes, ¿por qué razón en el fútbol sólo hay un árbitro y dos jueces de línea cuando la valoración de tantas y tantas acciones en un mismo encuentro depende de la decisión que se tome en milésimas de segundo y que muchas veces el ojo humano es incapaz de captar?
Resumiendo; o se ponen más árbitros y se les intercomunica para hacer más efectiva su labor o al cuarto árbitro le dan un monitor y una consola de vídeo para enjuiciar el desarrollo de las jugadas más conflictivas sobre la marcha.
Lucio Decumio.
19 octubre 2003
Otras cinco del viernes
Ante la pertinaz sequía de ideas que sufre mi intelecto, me veo en la obligación de recurrir nuevamente a las preguntas que se vierten al ciberespacio desde el célebre blog "Las cinco del viernes", curiosamente cada viernes. Como dije en otra ocasión pero con otras palabras, cuando uno carece, circunstancialmente eso sí, de la proactividad creativa necesaria, qué mejor que te asalten a preguntas para poner en marcha tu imaginación e inventiva.
Bueno, pues ahí voy de nuevo con las cinco preguntitas que ponen esta semana en liza.
1/ ¿Tienes un sueño? Sí. ¿Alguna vez has logrado realizar alguno de tus sueños? Que yo recuerde y suelo recordar muy bien, no.
2/ Si supieras que sólo te queda un día de vida, ¿qué harías? Depende de las circunstancias y me explico.
A/ Si el mundo entero estuviera a la espera de la caída de un meteorito del tamaño de Texas, como sucede en la película "Armaggedon", me lo tomaría con absoluta filosofía y no me preocuparía demasiado. Supongo que me aplicaría el viejo adagio de "mal de muchos, consuelo de tontos" y me iría tranquilamente a acostar a la espera de poder contemplar al día siguiente el fin del mundo. Es posible que, en un arrebato de recuperada fe en Dios y en la Iglesia me acercara por algún confesionario y vaciara el saco de mis faltas ante algún misericordioso pastor y ante el Altísimo, por si las moscas, que no por otra cosa. Aunque bien visto, si todo el mundo fuera consciente de la inminencia del fin de los tiempos, los confesionarios registrarían unas colas que me impedirían llevar a cabo con éxito esta tarea. Moriría, por tanto, en pecado mortal y en el Juicio Final, no me salvaría ni "Pirri Manson".
B/ Si algún médico me dice en su consulta que me resta un único día para convertirme en un gigantesco criadero de malvas, le metería tal galleta que se le quitarían las ganas de volver a decir nada parecido a nadie, eso en primer término. En segundo lugar y una vez abandonado el despacho del galeno con los nudillos ensangrentados por su impacto en la mandíbula del indeseable, me dirigiría a mi casa, le daría un beso a mi madre, escribiría algo a mis amigos y familiares y dejaría en lugar bien visible de mi escritorio las claves de mis tarjetas y mis cuentas bancarias, para que mi familia pudiera pegarse un modesto homenaje a costa de mis parvos ahorros y de algún seguro de vida de esos que se firman cuando ingresas la nómina en un banco. Por último, llamaría a la Mutua y pondría como conductores habituales de mi flamante coche nuevo a mi hermana y a mi padre, para que pudieran utilizarlo sin mayor inconveniente. Moriría, por tanto, habiendo dejado todo atado y bien atado, pero en pecado mortal, lo que significaría que en el Juicio Final mi salvación eterna se encontraría igualmente en entredicho, pese a la noble acción de aporrear al médico.
C/ Si es alguna pitonisa o adivino quien me hace partícipe de mi fatal y cercano destino, ése o ésa sí que no lo cuentan. Para el tiempo que voy a pasar en el presidio, no tiene por qué haber compasión con pájaros de tan mal agüero. Este postrer acto, aunque honroso y justificado, no terminaría por redimirme de todas mis faltas. Moriría, por tanto, en pecado venial y pasaría una temporadita en el Purgatorio hasta que en los cielos, a bien tuvieran abrirme sus puertas.
D/ No le haría el amor repetidamente y hasta la extenuación a mi novia, por la sencilla razón de que no la tengo. Y si lo intentara con alguna conocida o con la primera que pasara a mi lado por la calle, seguro que ante mis apresurados ruegos contestaría que le parezco un chico estupendo, muy educado, culto, inteligente, intuitivo, sagaz y donairoso que podría estar con cualquier chica que me propusiera seducir, pero que ella no está por la labor. Moriría, por tanto, en pecado mortal y con la definitiva certeza de que a los empanados, nos está vedado el néctar de los encantos femeninos. En el Juicio Final, ya estoy oyendo el fallo del Sumo Hacedor ante mi caso: al Infierno doblemente, por tonto y por pecador.
3/ ¿Si pudieras tener un superpoder, ¿cuál escogerías? La sanación de enfermedades incurables y de enfermos terminales mediante la simple imposición de mis manos.
4/ Si pudieras cambiar alguna parte de tu cuerpo ¿cuál cambiarías? Sin dudarlo, la nariz. Mi madre me ha recordado en alguna ocasión que siendo yo un infante balbuceante y despreocupado, vine a tropezar inopinadamente con el borde de la alfombra del salón para desplomarme de bruces contra la misma, unos ochenta centímetros más allá del traspiés. Tan ciega hubo de ser mi confianza en lo esponjoso del tapiz, que rehusé amortiguar la caída haciendo uso de mis manos, por lo que el "alfombrizaje" fue absorbido en su totalidad por mi apéndice olfativo-respiratorio. De ahí que a día de hoy, aún siga marcadamente ladeado hacia la derecha de mi rostro. Un último apunte a este respecto para indicar que si en Corporación Dermoestética estuvieran de aniversario y me ofrecieran un "dos por uno", buscaría angular y afilar algo más las facciones de mi semblante.
5/ Tienes alguna manía, temor o fobia. ¿Cuál? Creo no tener manías, sólo hábitos o costumbres que si tienen que ser alterados circunstancialmente, tampoco me importa demasiado. Tal vez os preguntéis cuáles son y yo os aseguro que no tendría el menor inconveniente en comentarlos en estas líneas que tan desenfadadas me están quedando, si no fuera porque están íntimamente relacionados con asuntos escatológicos cuya descripción, educada y púdicamente eludiré.
Sólo manifiesto un temor atávico, enfermizo y obsesivo hacia el cáncer. Ya se me puede caer el cielo sobre la cabeza o que me saquen vestido con un casco, espada, malla y taparrabos a la arena del Coliseo para combatir a diez leones, que lo prefiero a la detección de cualquier indicio tumoral en mi organismo o en el de un ser cercano.
En última instancia, detesto a los gatos, aunque creo que ese repudio no alcanza el grado de fobia. Con lo que no puedo es con los mosquitos. Prefiero pasar las noches de verano con las ventanas cerradas a cal y canto y con 30º de temperatura en mi habitación, que abrir el paso a esos diminutos insectos para que se ceben en mi cara, mis piernas y mis brazos. Desde mi particular punto de vista, pocas cosas hay más desagradables que verte despertado por el zumbido provocado por el aleteo de estos bichos infectos y por la irritación desencadenada por sus múltiples picaduras.
Lucio Decumio.
Bueno, pues ahí voy de nuevo con las cinco preguntitas que ponen esta semana en liza.
1/ ¿Tienes un sueño? Sí. ¿Alguna vez has logrado realizar alguno de tus sueños? Que yo recuerde y suelo recordar muy bien, no.
2/ Si supieras que sólo te queda un día de vida, ¿qué harías? Depende de las circunstancias y me explico.
A/ Si el mundo entero estuviera a la espera de la caída de un meteorito del tamaño de Texas, como sucede en la película "Armaggedon", me lo tomaría con absoluta filosofía y no me preocuparía demasiado. Supongo que me aplicaría el viejo adagio de "mal de muchos, consuelo de tontos" y me iría tranquilamente a acostar a la espera de poder contemplar al día siguiente el fin del mundo. Es posible que, en un arrebato de recuperada fe en Dios y en la Iglesia me acercara por algún confesionario y vaciara el saco de mis faltas ante algún misericordioso pastor y ante el Altísimo, por si las moscas, que no por otra cosa. Aunque bien visto, si todo el mundo fuera consciente de la inminencia del fin de los tiempos, los confesionarios registrarían unas colas que me impedirían llevar a cabo con éxito esta tarea. Moriría, por tanto, en pecado mortal y en el Juicio Final, no me salvaría ni "Pirri Manson".
B/ Si algún médico me dice en su consulta que me resta un único día para convertirme en un gigantesco criadero de malvas, le metería tal galleta que se le quitarían las ganas de volver a decir nada parecido a nadie, eso en primer término. En segundo lugar y una vez abandonado el despacho del galeno con los nudillos ensangrentados por su impacto en la mandíbula del indeseable, me dirigiría a mi casa, le daría un beso a mi madre, escribiría algo a mis amigos y familiares y dejaría en lugar bien visible de mi escritorio las claves de mis tarjetas y mis cuentas bancarias, para que mi familia pudiera pegarse un modesto homenaje a costa de mis parvos ahorros y de algún seguro de vida de esos que se firman cuando ingresas la nómina en un banco. Por último, llamaría a la Mutua y pondría como conductores habituales de mi flamante coche nuevo a mi hermana y a mi padre, para que pudieran utilizarlo sin mayor inconveniente. Moriría, por tanto, habiendo dejado todo atado y bien atado, pero en pecado mortal, lo que significaría que en el Juicio Final mi salvación eterna se encontraría igualmente en entredicho, pese a la noble acción de aporrear al médico.
C/ Si es alguna pitonisa o adivino quien me hace partícipe de mi fatal y cercano destino, ése o ésa sí que no lo cuentan. Para el tiempo que voy a pasar en el presidio, no tiene por qué haber compasión con pájaros de tan mal agüero. Este postrer acto, aunque honroso y justificado, no terminaría por redimirme de todas mis faltas. Moriría, por tanto, en pecado venial y pasaría una temporadita en el Purgatorio hasta que en los cielos, a bien tuvieran abrirme sus puertas.
D/ No le haría el amor repetidamente y hasta la extenuación a mi novia, por la sencilla razón de que no la tengo. Y si lo intentara con alguna conocida o con la primera que pasara a mi lado por la calle, seguro que ante mis apresurados ruegos contestaría que le parezco un chico estupendo, muy educado, culto, inteligente, intuitivo, sagaz y donairoso que podría estar con cualquier chica que me propusiera seducir, pero que ella no está por la labor. Moriría, por tanto, en pecado mortal y con la definitiva certeza de que a los empanados, nos está vedado el néctar de los encantos femeninos. En el Juicio Final, ya estoy oyendo el fallo del Sumo Hacedor ante mi caso: al Infierno doblemente, por tonto y por pecador.
3/ ¿Si pudieras tener un superpoder, ¿cuál escogerías? La sanación de enfermedades incurables y de enfermos terminales mediante la simple imposición de mis manos.
4/ Si pudieras cambiar alguna parte de tu cuerpo ¿cuál cambiarías? Sin dudarlo, la nariz. Mi madre me ha recordado en alguna ocasión que siendo yo un infante balbuceante y despreocupado, vine a tropezar inopinadamente con el borde de la alfombra del salón para desplomarme de bruces contra la misma, unos ochenta centímetros más allá del traspiés. Tan ciega hubo de ser mi confianza en lo esponjoso del tapiz, que rehusé amortiguar la caída haciendo uso de mis manos, por lo que el "alfombrizaje" fue absorbido en su totalidad por mi apéndice olfativo-respiratorio. De ahí que a día de hoy, aún siga marcadamente ladeado hacia la derecha de mi rostro. Un último apunte a este respecto para indicar que si en Corporación Dermoestética estuvieran de aniversario y me ofrecieran un "dos por uno", buscaría angular y afilar algo más las facciones de mi semblante.
5/ Tienes alguna manía, temor o fobia. ¿Cuál? Creo no tener manías, sólo hábitos o costumbres que si tienen que ser alterados circunstancialmente, tampoco me importa demasiado. Tal vez os preguntéis cuáles son y yo os aseguro que no tendría el menor inconveniente en comentarlos en estas líneas que tan desenfadadas me están quedando, si no fuera porque están íntimamente relacionados con asuntos escatológicos cuya descripción, educada y púdicamente eludiré.
Sólo manifiesto un temor atávico, enfermizo y obsesivo hacia el cáncer. Ya se me puede caer el cielo sobre la cabeza o que me saquen vestido con un casco, espada, malla y taparrabos a la arena del Coliseo para combatir a diez leones, que lo prefiero a la detección de cualquier indicio tumoral en mi organismo o en el de un ser cercano.
En última instancia, detesto a los gatos, aunque creo que ese repudio no alcanza el grado de fobia. Con lo que no puedo es con los mosquitos. Prefiero pasar las noches de verano con las ventanas cerradas a cal y canto y con 30º de temperatura en mi habitación, que abrir el paso a esos diminutos insectos para que se ceben en mi cara, mis piernas y mis brazos. Desde mi particular punto de vista, pocas cosas hay más desagradables que verte despertado por el zumbido provocado por el aleteo de estos bichos infectos y por la irritación desencadenada por sus múltiples picaduras.
Lucio Decumio.
16 octubre 2003
25 años de Pontificado
Hoy se cumplen 25 años desde que Karol Wojtyla fuera elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica. Aún recuerdo, vagamente eso sí, aquellos tumultuosos días que agitaron los cimientos del pequeño estado católico durante las últimas semanas del verano y las primeras del otoño de 1978. A principios del mes de septiembre de aquel año, falleció Pablo VI a quien le sucedió en el sillón de San Pedro, Albino Luciani, más conocido como Juan Pablo I y más conocido incluso como el Papa Sonriente, el Papa Amable o para algunos algo más ácidos e irreverentes, el Papa Breve. Breve porque su pontificado duró apenas cuatro semanas.
Su repentina muerte, aún salpicada por claroscuros que no han terminado de despejarse con el paso de los años, implicó un golpe muy duro para la Iglesia Católica y puso en alerta máxima a todas las cancillerías del planeta en previsión de consecuencias nada halagüeñas para la estabilidad mundial. Sin embargo, el 16 de Octubre de 1978, apenas un par de días después del fallecimiento de Juan Pablo I, el cónclave cardenalicio -creo que se le denomina así- reunido de nuevo con el fin de elegir sucesor, nombraba a Karol Wojtyla como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
Su nombramiento ya revolucionó ideas, nociones y juicios que sobre la Iglesia Católica, se tenían como inmutables. Era el primer Papa de origen eslavo y el primero no italiano desde hacía más de cuatro siglos. Casi nada. Sin embargo, la revolución no se quedó ahí. Desde aquellas lejanas fechas, el mundo ha cambiado tanto que a cualquier observador de la época que hubiera realizado un salto en el tiempo hasta 2003, le costaría un imperio reconocerlo en sus actuales estructuras políticas, sociales, económicas y cómo no, religiosas.
Y en muchos de esos cambios que el mundo y la Humanidad han experimentado desde 1978, se percibe con notoriedad la intervención del Papa polaco. Muchos errores pueden achacársele a la Iglesia a lo largo de su dilatada historia y no pocos pueden imputársele desde que Wojtyla ocupa la silla de San Pedro. Pero desde el modesto punto de vista de un redactor católico, bastante apartado de las liturgias, los ritos y los ceremoniales de su propia confesión religiosa, la labor desempeñada por este Papa, ya crepuscular, ofrece un balance netamente positivo.
No quiero obviar los numerosos anacronismos de que siguen haciendo gala tanto la jerarquía eclesiástica como el propio Pontífice, especialmente todos aquellos referidos al sexo, pues desde la Iglesia Católica se sigue entendiendo su práctica como un mero acto reproductivo que no puede sentirse ni extenderse más allá de esa finalidad. Asimismo, doctrinas o posiciones en torno a distintos supuestos relacionados con el aborto, el sida o el uso de métodos anticonceptivos, defendidas con especial énfasis en las zonas menos favorecidas del planeta, han hecho, a mi juicio, más daño que otra cosa.
Pero lo que ha de resultarle indisputable a este hombre al que la vida retuerce dolorosamente en una silla hasta convertirle en un inválido, pero al que su voluntad de hierro y su sentido del deber le yerguen y engallan, es su compromiso con sus ideas y sus ideales.
Ideas e ideales que le han llevado a dar la vuelta al mundo más veces que algún transbordador espacial y para cuya expansión por el globo, se ha valido en exclusiva de la fuerza de una voz cada vez más apagada y de su autoridad filosófica, religiosa y moral.
Porque nadie puede negarle su inquebrantable compromiso con los derechos humanos, el respeto a la dignidad de las personas y a la libertad religiosa y política de las mismas, así como su obcecada apuesta por la paz, la concordia y el diálogo entre los pueblos, las naciones y las religiones; nadie puede discutirle su formidable labor literaria en forma de encíclicas y cartas; nadie puede reprocharle sus contínuas, repetidas y humildes peticiones de absolución de la propia Iglesia por las tropelías cometidas en el pasado; nadie puede contrastarle su robusto y hercúleo empeño en el derrocamiento de algunos de los regímenes más abyectos que ha conocido la Humanidad; y nadie puede rebatirle haber llevado a cabo una labor pastoral y evangélica más propia de un cíclope que de un humano.
Nadie debería poder, en definitiva, darle a los errores cometidos por Wojtyla y su Iglesia el valor y el peso del plomo en la balanza y a los aciertos logrados, la pobre estimación de la broza y la hojarasca. No sería justo, ni honesto.
Puede que no sea políticamente correcto alabar la figura y la labor de un Pontífice de la Iglesia Romana, pero yo lo hago sin tapujos.
Lucio Decumio.
Su repentina muerte, aún salpicada por claroscuros que no han terminado de despejarse con el paso de los años, implicó un golpe muy duro para la Iglesia Católica y puso en alerta máxima a todas las cancillerías del planeta en previsión de consecuencias nada halagüeñas para la estabilidad mundial. Sin embargo, el 16 de Octubre de 1978, apenas un par de días después del fallecimiento de Juan Pablo I, el cónclave cardenalicio -creo que se le denomina así- reunido de nuevo con el fin de elegir sucesor, nombraba a Karol Wojtyla como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
Su nombramiento ya revolucionó ideas, nociones y juicios que sobre la Iglesia Católica, se tenían como inmutables. Era el primer Papa de origen eslavo y el primero no italiano desde hacía más de cuatro siglos. Casi nada. Sin embargo, la revolución no se quedó ahí. Desde aquellas lejanas fechas, el mundo ha cambiado tanto que a cualquier observador de la época que hubiera realizado un salto en el tiempo hasta 2003, le costaría un imperio reconocerlo en sus actuales estructuras políticas, sociales, económicas y cómo no, religiosas.
Y en muchos de esos cambios que el mundo y la Humanidad han experimentado desde 1978, se percibe con notoriedad la intervención del Papa polaco. Muchos errores pueden achacársele a la Iglesia a lo largo de su dilatada historia y no pocos pueden imputársele desde que Wojtyla ocupa la silla de San Pedro. Pero desde el modesto punto de vista de un redactor católico, bastante apartado de las liturgias, los ritos y los ceremoniales de su propia confesión religiosa, la labor desempeñada por este Papa, ya crepuscular, ofrece un balance netamente positivo.
No quiero obviar los numerosos anacronismos de que siguen haciendo gala tanto la jerarquía eclesiástica como el propio Pontífice, especialmente todos aquellos referidos al sexo, pues desde la Iglesia Católica se sigue entendiendo su práctica como un mero acto reproductivo que no puede sentirse ni extenderse más allá de esa finalidad. Asimismo, doctrinas o posiciones en torno a distintos supuestos relacionados con el aborto, el sida o el uso de métodos anticonceptivos, defendidas con especial énfasis en las zonas menos favorecidas del planeta, han hecho, a mi juicio, más daño que otra cosa.
Pero lo que ha de resultarle indisputable a este hombre al que la vida retuerce dolorosamente en una silla hasta convertirle en un inválido, pero al que su voluntad de hierro y su sentido del deber le yerguen y engallan, es su compromiso con sus ideas y sus ideales.
Ideas e ideales que le han llevado a dar la vuelta al mundo más veces que algún transbordador espacial y para cuya expansión por el globo, se ha valido en exclusiva de la fuerza de una voz cada vez más apagada y de su autoridad filosófica, religiosa y moral.
Porque nadie puede negarle su inquebrantable compromiso con los derechos humanos, el respeto a la dignidad de las personas y a la libertad religiosa y política de las mismas, así como su obcecada apuesta por la paz, la concordia y el diálogo entre los pueblos, las naciones y las religiones; nadie puede discutirle su formidable labor literaria en forma de encíclicas y cartas; nadie puede reprocharle sus contínuas, repetidas y humildes peticiones de absolución de la propia Iglesia por las tropelías cometidas en el pasado; nadie puede contrastarle su robusto y hercúleo empeño en el derrocamiento de algunos de los regímenes más abyectos que ha conocido la Humanidad; y nadie puede rebatirle haber llevado a cabo una labor pastoral y evangélica más propia de un cíclope que de un humano.
Nadie debería poder, en definitiva, darle a los errores cometidos por Wojtyla y su Iglesia el valor y el peso del plomo en la balanza y a los aciertos logrados, la pobre estimación de la broza y la hojarasca. No sería justo, ni honesto.
Puede que no sea políticamente correcto alabar la figura y la labor de un Pontífice de la Iglesia Romana, pero yo lo hago sin tapujos.
Lucio Decumio.
15 octubre 2003
Delincuencia y asesinatos en Madrid
Sigue y no para el goteo de asesinatos en la Comunidad de Madrid. En lo que va de año, por lo menos se han debido producir del orden de 90 crímenes, algo realmente inaudito y sorprendente en lugares tradicionalmente pacíficos como son nuestra capital y región. Sencillamente, estos datos, más propios de los arrabales de ciudades históricamente golpeadas por una violencia endémica como Bogotá o Río de Janeiro -por poner dos ejemplos palmarios- se me antojan intolerables.
Hoy les ha tocado el turno a un albanés y a una rumana. Él, 28 años, ha fallecido. Ella, algo más joven, herida. Antes les precedieron búlgaros, ecuatorianos, colombianos, ucranianos, rusos, moldavos, magrebíes y algún que otro español, en este siniestro via crucis en el que se han convertido las calles de Madrid y su Comunidad en los últimos dos o tres años. Pero como decía con anterioridad, 2003 se lleva una mención especial por su carácter marcadamente sangriento.
Sinceramente, no me he ocupado de llevar a cabo ninguna estadística que refleje con exactitud datos sobre procedencia u origen de los muertos y de los sicarios, pero no creo estar muy descaminado ni muy desacertado cuando me atrevo a afirmar que en un altísimo porcentaje de estos sucesos, quienes toman parte en los mismos son ciudadanos extranjeros, cuya situación administrativa y legal, posiblemente no sea la más recomendable. Salvo algunos de los que cayeron víctimas del célebre "asesino de la baraja" y Sandra Palo, no recuerdo más españoles que hayan fallecido violentamente en Madrid en el curso de este año, ni más asesinos de la misma nacionalidad.
Sin embargo, si acudimos a cualquier buscador e introducimos las palabras clave "asesinatos en Madrid 2003", podremos acceder a un auténtico rosario de noticias relacionadas en las que se nos informa de colombianos tiroteados, ecuatorianos apuñalados en reyertas, magrebíes desangrados, eslavos ejecutados... Y las reseñas sobre los asesinos, aunque someras, parecen no dejar lugar a la duda, pues casi siempre se trata de compatriotas de las víctimas que llevan a cabo ajustes de cuentas por asuntos relacionados con el mundo del hampa -ocasionalmente hay crímenes pasionales, desde luego-, al modo en que lo harían en sus países o ciudades de origen.
Muchos dirán que mientras se maten entre ellos, poco puede importarnos a los demás. Pero estos crímenes no dejan de crear un clima de inseguridad ciudadana muy grave entre las gentes de bien que pueblan, trabajan y viven en nuestra Comunidad. Al margen, estos acontecimientos transmiten una imagen al resto del país y al extranjero realmente pésima, por no hablar de la foto que se ofrece de las comunidades de inmigrantes a las que pertenecen los infaustos implicados en estos luctuosos hechos. En último término, aunque las mafias colombianas, ecuatorianas o eslavas observen una estricta Ley del Talión hacia sus miembros más díscolos, cualquier transeúnte inocente podría verse envuelto en algún tiroteo o conflicto entre estos grupos y quedar malherido. O en un peor y más hierático estado.
Urjo a las autoridades municipales, regionales y nacionales a que tomen las medidas que sean oportunas para poner freno a este desatino. Y sobre todo, que no se dejen influir en sus decisiones por los tradicionales complejos de inferioridad moral que siempre les han afectado ante la camada de intelectualoides pseudo-progresistas que ven en el imperio de la Ley y en su cumplimiento estricto, más un obstáculo que una salvaguarda.
Lucio Decumio.
Hoy les ha tocado el turno a un albanés y a una rumana. Él, 28 años, ha fallecido. Ella, algo más joven, herida. Antes les precedieron búlgaros, ecuatorianos, colombianos, ucranianos, rusos, moldavos, magrebíes y algún que otro español, en este siniestro via crucis en el que se han convertido las calles de Madrid y su Comunidad en los últimos dos o tres años. Pero como decía con anterioridad, 2003 se lleva una mención especial por su carácter marcadamente sangriento.
Sinceramente, no me he ocupado de llevar a cabo ninguna estadística que refleje con exactitud datos sobre procedencia u origen de los muertos y de los sicarios, pero no creo estar muy descaminado ni muy desacertado cuando me atrevo a afirmar que en un altísimo porcentaje de estos sucesos, quienes toman parte en los mismos son ciudadanos extranjeros, cuya situación administrativa y legal, posiblemente no sea la más recomendable. Salvo algunos de los que cayeron víctimas del célebre "asesino de la baraja" y Sandra Palo, no recuerdo más españoles que hayan fallecido violentamente en Madrid en el curso de este año, ni más asesinos de la misma nacionalidad.
Sin embargo, si acudimos a cualquier buscador e introducimos las palabras clave "asesinatos en Madrid 2003", podremos acceder a un auténtico rosario de noticias relacionadas en las que se nos informa de colombianos tiroteados, ecuatorianos apuñalados en reyertas, magrebíes desangrados, eslavos ejecutados... Y las reseñas sobre los asesinos, aunque someras, parecen no dejar lugar a la duda, pues casi siempre se trata de compatriotas de las víctimas que llevan a cabo ajustes de cuentas por asuntos relacionados con el mundo del hampa -ocasionalmente hay crímenes pasionales, desde luego-, al modo en que lo harían en sus países o ciudades de origen.
Muchos dirán que mientras se maten entre ellos, poco puede importarnos a los demás. Pero estos crímenes no dejan de crear un clima de inseguridad ciudadana muy grave entre las gentes de bien que pueblan, trabajan y viven en nuestra Comunidad. Al margen, estos acontecimientos transmiten una imagen al resto del país y al extranjero realmente pésima, por no hablar de la foto que se ofrece de las comunidades de inmigrantes a las que pertenecen los infaustos implicados en estos luctuosos hechos. En último término, aunque las mafias colombianas, ecuatorianas o eslavas observen una estricta Ley del Talión hacia sus miembros más díscolos, cualquier transeúnte inocente podría verse envuelto en algún tiroteo o conflicto entre estos grupos y quedar malherido. O en un peor y más hierático estado.
Urjo a las autoridades municipales, regionales y nacionales a que tomen las medidas que sean oportunas para poner freno a este desatino. Y sobre todo, que no se dejen influir en sus decisiones por los tradicionales complejos de inferioridad moral que siempre les han afectado ante la camada de intelectualoides pseudo-progresistas que ven en el imperio de la Ley y en su cumplimiento estricto, más un obstáculo que una salvaguarda.
Lucio Decumio.
